Quise citar la anécdota de Piazzolla y Di Filipo (el primero, incondicional admirador del segundo) como único recurso posible para expresar el grado de admiración e impotencia que experimenté al ver en acción a Santiago Mesa.
Tanto quienes poseen aptitudes para tocar el piano como los que, igual que yo, a duras penas podemos tocar el “feliz cumpleaños” o melodías con ese grado de dificultad, terminamos con idéntico estado de deslumbramiento al presenciar su concierto del sábado en el Teatro Macció.
Este chico, de apenas 16 años, se introdujo en la obra de Frédéric Chopin con una convicción artística impropia de su edad.
Si tan solo lo hubiésemos escuchado, seguramente habríamos creído que se trataba de un veterano ejecutante. Pero no. Este joven talentoso, cursa actualmente el Noveno Grado del Conservatorio Municipal de San José y en sus interpretaciones demostró dos cualidades que para el homenajeado siempre fueron el corazón de sus composiciones: estilo y buen gusto.
Mesa estuvo a la altura de una obra que ganó fama mundial gracias a la perfección técnica, el refinamiento estilístico y la complejidad armónica. Partituras comparadas históricamente con las de luminarias como Ludwig van Beethoven y Johann Sebastian Bach.
Mesa, desde sus manos, expresó cabalmente el concepto sonoro de las piezas pianísticas de Chopin, que orbitan entorno a la delicadeza, los matices y contrastes en su sonoridad.
La presentación –con una sala con mucho público- se produjo en conmemoración del bicentenario del nacimiento del célebre músico polaco que elevó a las teclas a su máxima expresión, siendo uno de los faros más brillantes del Romanticismo musical.
En la primera parte de la función, Mesa arremetió con el Nocturno Op 9 Nº 1, el Estudio Op 25 Nº 1 y la Balada Op 23.
En la segunda mitad, interpretó la famosa Marcha Fúnebre, la Polonesa Op 26 Nº 1 y deslumbró al ejecutar la Gran Polonesa Brillante. Una ejecución técnicamente sobresaliente que induce a pensar que más que “una promesa”, este muchacho es “un talento del presente”.
Tras semejante actuación, la platea lo ovacionó de pie; mientras él, desbordado por la timidez, apenas atinó a agradecer rápidamente y a perderse por un costado del escenario.
Se me ocurre que adjudicar su performance –únicamente- a unas condiciones innatas sería injusto. Más allá de ese don con el que vino al mundo, este chiquilín debe tener una dedicación notable para descubrir cada uno de los secretos del instrumento que ejecuta. Nada viene de la nada. Todo lo que vimos allí es producto de un músico que –tempranamente- descubrió que el arte exige genialidad pero -sobre todo- disciplina, trabajo, sacrificio y modestia.
Con estas coordenadas, Mesa comprenderá que el fenómeno artístico no consiste en “llegar” sino en una evolución constante.