En los más de veinte años que llevo amando y haciendo teatro, pocas veces he tenido oportunidad de asistir al efecto de comunión entre actores y público que en la presentación del viernes se alcanzó.
Convengamos que no es común que el texto y la interpretación logren la intensidad necesaria para tocar directamente la emoción, casi sin pasar por lo racional, de forma tal de motivar que ante el parlamento de un personaje especialmente malvado, una persona desde el público levante la voz y reclame airada por su comportamiento; o que ante revelaciones especialmente escabrosas de la trama todo el público prorrumpa en exclamaciones de sorpresa o indignación.
Se dice que los griegos, que el teatro isabelino, que el circo criollo lograban esta identificación. Se dice que antes el público era más ingenuo, que le bastaba con la ilusión del teatro para sobrecoger su alma y sus sentidos, que hoy los efectos especiales del cine han cercenado la capacidad de asombro del público.
Sin embargo, la presentación de Los laureles rosa, justo cuando estábamos empezando a creer que todo esto era verdad, nos demuestran que un texto ágil, pero fundamentalmente un texto que elude la palabra vana, que se despoja de toda poesía o retórica, que se atreve a decir las cosas por su nombre, que ataca directo al asunto y no se va en elucubraciones pretendidamente intelectuales, es la mejor herramienta de comunicación, y que una historia desgarradora, pero por sobre todo, real y próxima, interpretada sin estridencias ni rebusques, sino en forma real y próxima, es el mejor camino para encontrar el alma del espectador.
Como volviendo a las raíces, Los laureles rosa logra conjugar Hybris y Catarsis. Desde el escenario: Hybris, la soberbia del que cree poder desafiar al destino. Desde la platea: Catarsis, la liberación, la cura de los males del espíritu gracias a las emociones provocadas por el arte.