Parecería bastante claro a esta altura, que algunos de los hechos sobre los cuales hemos informado abundantemente en las ediciones pasadas, apuntan más a transmitir un mensaje que a lograr determinado resultado material. Téngase en cuenta lo siguiente: unos pocos días antes del robo de la Ferretería Durán, el comando de la Jefatura había realizado una conferencia de prensa donde la máxima autoridad policial había dicho tras un par de operativos en relación al tráfico de drogas (que a la postre tampoco resultaron muy convincentes –ver Primera Hora de ayer pág.6-), que la población del departamento podía estar tranquila porque la policía estaba actuando de acuerdo a lo que la población podía esperar de ella. Palabras más, palabras menos, el Sr. Alberto Tulón, dijo tales cosas, seguramemente con convencimiento y honestidad, pero unas horas después los hechos le devuelven una respuesta adversa. Y lo peor, es que no sólo el hecho en sí confronta con esa convicción que el Sr. Jefe quiere transmitir, sino que además, pareciera que la acción hubiera sido organizada para responderle directamente de qué aquello que se dijo no es así. Un discurso se sucede al otro casi en forma inmediata y eso no es casualidad. Algo así como, “no señor, está equivocado, aquí somos nosotros los que disponemos que tan segura o no es la ciudad“ y para demostrarlo, “vea de lo que somos capaces“. Y dicho y hecho: dieron un golpe contundente, ridiculizante, en las propias narices de la Policía.
Esto provoca daños en varios niveles. Por un lado afecta directamente a la institución policial, despierta suspicacias y sospechas y la población decodifica estos hechos en un sentido popular que se podría traducir en algo así como que a la Policía “le toman el pelo“. Esto es lo expresa la gente en la calle, en los mail, en los comentarios de las páginas web de medios locales. O aún peor: ven en estos insucesos algo más que debilidad de la institución y se desencadenan especulaciones que minan la credibilidad de quienes tienen que preservar la seguridad y, como consecuencia, provoca que cada ciudadano se sienta aún más vulnerable. Por eso, los hechos ocurridos en las últimas horas, como el propio robo en la Catedral San José, que muchos maragatos lo sienten como lo que es, una profanación de un lugar sagrado, van más allá del simple despojo de la propiedad. Procuran afectar y lo logran, la credibilidad de la Policía, y hacer que cada día los maragatos nos sintamos más desprotegidos, a merced de una banda que hace y deshace y que se ríe de la policía en su propia cara.
En consecuencia creemos que es prioritario actuar en función de restablecer la erosión provocada para devolver tranquilidad a la ciudadanía. En ese aspecto es irremediable que la Policía multiplique su esfuerzo por aclarar estos hechos paradigmaticos y otros y, esperamos, que el celo de las autoridades policiales evite eventuales desvíos y carencias que, a la postre, terminan deteriorando la imagen de la institución y dañan la confianza que la población deposita en ella.