Hoy dejamos atrás una instancia interna y voluntaria no menos importante que la que nos esperan y que nos deja algunas interrogantes. Entre ellas la más inquietante, el escaso nivel de participación de la ciudadanía. La explicación fácil recurre a adjudicar la abstención al día invernal pero seguramente no reside allí la única causa. Si bien el tiempo pudo haber tenido algo que ver, por alguna razón los ciudadanos no estuvieron tan motivados como para desafiar esa inclemencia. ¿Un simple desinterés coyuntural? ¿La oferta partidaria no alcanzó a motivar a los ciudadanos? ¿La saturación de información sobre el estado de la opinión pública aplacó la voluntad de participar porque todo parecía ya definido? O más a fondo: ¿la abstención marca el descontento de la ciudadanía con los partidos en general? La respuesta no es fácil pero es imperioso que el fenómeno sea tenido en cuenta porque también allí hay un mensaje de la población que, sobre todo, los políticos están obligados a atender si no quieren perder la conexión con la ciudadanía.
En ese sentido, es importante que la campaña de aquí en más no sólo sea capaz de acercarse a las necesidades del uruguayo concreto, sino que también sea capaz de provocar un interés genuino en la participación. Que la obligatoriedad no sea una excusa para ir a votar. Qué el uruguayo sienta que realmente está, con su voto, decidiendo algo importante para la comunidad. Y eso pasa si de ahora en más los candidatos son capaces de interpretar las expectativas del pueblo y traducirlas en propuestas viables y por lo tanto creíbles. Para eso es necesario que se responda a todas las preguntas: a las explícitas y las implícitas. Qué se generen ámbitos que amplíen el acceso del ciudadano a la opinión de los candidatos y que estos se expongan a confrontar ideas y visiones del mundo entre sí. Qué nos acerquemos tanto como sea posible a saber realmente a quien vamos a votar.
Hoy se puede decir que estamos comenzando a formamos una idea de quién puede ser nuestro próximo presidente entre los nombres de un menú mucho más acotado. Cada uno tendrá su propia idea pero, lo que los políticos tendrán que tener claro, es que hay un pueblo que los observa con mucha atención, que no se deja llevar fácilmente por un liderazgo más o menos carismático o la lealtad partidaria, y que esa expresión colectiva exigirá de cada candidato esmero, dedicación, inteligencia y probidad para ganarse el beneficio del voto popular. Por otra parte, cómo tiene que ser, si realmente aspiramos a ser un país en serio, que pretende avanzar con fundamentos.