Ante los últimos hechos de pública notoriedad

La ciudad de San José ha vivido en los últimos días circunstancias extraordinarias causadas por el asesinato de una funcionaria del Poder Judicial, que además, virtud de su don de persona y los privilegios que tiene una ciudad pequeña donde todos nos conocemos, amplificó el dolor colectivo que cayó como un inmenso manto de sombras sobre cada uno de nosotros. Hoy los hechos están aclarados desde el punto de vista judicial y más allá de las diversas especulaciones, tal definición no es menor. Nada ni nadie podrá llenar el inmenso vacío causado en la familia de la víctima, pero el hecho de que los causantes de tan indescriptible tragedia hayan sido identificados y estén recibiendo el castigo legítimo de la sociedad civilizada a través de la Justicia, no sólo establece la única reparación posible desde el punto de vista del derecho que nos rige a todos, sino que también devuelve una relativa tranquilidad a esta sociedad maragata conmovida.

Sociedad que además han dado una señal muy clara con la manifestación del pasado lunes. Como pocas veces en la historia de nuestra ciudad, miles de personas salieron a las calles para expresar su dolor y su repudio; también su miedo y su reclamo. Expresión que es también demostración de una sociedad que no está dormida y que no se deja amedrentar por la delincuencia y los violentos que quieren imponer sus reglas. Creemos que aún más allá de la proclama y sus verdades, hay que rescatar la manifestación colectiva, espontánea, señal de una alerta que está viva y de una comunidad capaz de reaccionar con contundencia frente a una agresión tan despiadada y sin sentido.

No desconocemos que el fallo no despeja del sentir colectivo muchas dudas que aún persisten, pero también es cierto que no podemos vivir en una paranoia permanente y que una alerta inteligente de la sociedad no significa la desconfianza contra todo lo establecido, porque eso en definitiva termina corroyendo nuestras relaciones, que es también lo que buscan quienes lideran las mafias organizadas y el mundo del delito a escala a mayor.

¿Qué queda ahora? Mantenermos unidos y despiertos, sin dejarnos ganar por el miedo y sin creer que San José es un paraíso idílico, libre de la violencia que tristemente afecta a buena parte del país. Esto vale tanto para los ciudadanos como para quienes tienen la obligación de cuidarnos, la Policía, a quién es válido pedirle estar atenta a las pequeñas o grandes sensibilidades comunitarias, porque sólo en ese entendimiento entre sociedad civil y autoridades será posible enfrentar esta circunstancia por la que atravesamos. Sólo pensar que los delincuentes que provocaron esta desgracia son personas que se han criado entre nosotros, en nuestros barrios, con nuestros hijos, nos da la dimensión de lo cerca que está el problema y de la desintegración que experimentan algunos sectores de nuestra propia sociedad maragata. En el momento en que el miedo nos golpea, el peor error que podemos cometer es pensar que esa marginación está por fuera de nosotros, que es un problema de otros y que por lo tanto la solución es erradicarlo.

La reacción instintiva nos lleva a los extremos que hoy con extraordinaria virulencia se manifiestan y se multiplican en las redes sociales. En entendible. Pero creemos que sólo podemos encontrar los caminos de la recomposición, en el reconocimiento de que la marginalidad, la desintegración y una de sus consecuencias, el delito, son parte de un TODO que merece una respuesta política y social adecuada de corto, mediano y largo plazo. Esa es tarea del gobierno en primer lugar, pero también de cada uno de nosotros en nuestra condición de ciudadanos y en el rol social que nos toca cumplir. Para poner tres ejemplos: un padre, un docente o un comunicador, ninguno estamos exentos de esa responsabilidad.

 

(Editorial del diario Primera Hora publicado el miércoles 24/5/17)