Columna a propósito: El ángel caído

Escribe: Cristina Callorda

A las nueve y media de la mañana, pasando por una calle cercana a la plaza “33””, una mujer con los brazos en alto le comunicaba al cuidador de autos “Tiraron un ángel!” Me detuve, no sin antes mirar el centro de la plaza donde se levanta el monumento de la Paz de Abril.

“Parece cuento” diría Borges empezando un relato. Sin embargo fue así: un “angelito” como le decíamos los que éramos niños en otras épocas, había caído.

Me pareció hasta gracioso que un señor en una esquina, ante mi asombro me dijera: “El ángel ya está en la Jefatura”, como afirmando con tranquilidad que todo estaba bajo control.

Por un lado me alegro del concepto artístico del señor, que vio solucionado el tema. Por otro pienso: ¿Quién y con qué objetivo lo hizo caer? ¿Qué lo motivó? ¿Qué inefable sentimiento lo empujó a tirar un símbolo que sin duda no conocía, pero estaba ahí, hace tantos años.

Me tacharán de obsoleta y antigua, pero no me importa. Yo subí y jugué en esos escalones, me subí a los leones, le trasmití a mis hijos y después a mis nietos, el placer de “montarse en el león para sacarse una foto”. Jugué al “encuentro” (sólo mis contemporáneos sabrán a qué me refiero), me senté en los bancos-ahora fantasmas- de la plaza, con mis amigos o los pretendientes. Disfruté la plaza como todos. Era LA plaza. Por suerte las plazas se multiplicaron en los barrios y permitió la posibilidad de socializar a muchos que no venían al “centro” como se decía en términos algo despectivos.

El título me remite a temas más académicos, no puedo con mi condición. El ángel caído como diablo, como enemigo de dios, expulsado del espacio reservado a los más puros.

A pesar del vandalismo, de la tristeza (cuántas cosas tristes en los últimos días) me rebelo furiosa ante estos hechos que no nos representan, nos abruman, nos genera mucha impotencia y rabia.

No da más. Hay que hacer algo ya. No seamos indiferentes. Mientras tomamos mate sentados cómodamente en nuestros patios, alguien se aprovecha para destruir nuestro pasado, nuestros símbolos, nuestra identidad.

Que no sea Lucifer