Estábamos tan acostumbrados a verlo, a escucharlo, a sentir hablar de él, que ahora ya lo estamos extrañando. Es la tristeza y la impotencia de saber que no contestará el teléfono, que no lo veremos transitar por las calles de Montevideo, que no tendremos la tranquilidad de decir a los más jóvenes que no todos los poetas “están muertos” como dicen ellos en las clases de Literatura.
Sin embargo, a pesar de la tristeza de su ausencia física, tratamos hoy de inmortalizarlo leyéndolo y leyéndolo, para engañar a la muerte. Cuando pasen las horas y los días y los años, cada vez irá creciendo más, hasta que nos olvidemos de este día triste en que su cuerpo fue sepultado. Porque así son las cosas cuando se nos va un ser querido, y claro que es un ser querido, porque con su decir nos envolvió a todos, jóvenes y viejos, en ese tráfago de la poesía, diciendo verdades y mentiras de cada uno de nosotros. Fue así que se nos metió en el cuerpo y en el alma, con su voz, con la música de los que supieron interpretarlo para poder cantar las emociones.
Se nos está muriendo una generación, aquella del 45, intelectualmente lúcida, maravillosamente comprometida con su tiempo, sufrida y escarmentada en las horas del exilio y de la muerte.
Por eso la memoria tiene que ser lo suficientemente fuerte para alejarnos del olvido, tramposo, inexorable, “olvidadizo”.
Yo siempre digo que la Literatura me salva, porque tiene el poder y la gloria de enriquecer los días, de alegrarme o entristecerme o adormecer dolores viejos. Sin embargo ayer, cuando leía el poema “No te salves”, me acometió la duda, porque el poeta me dice: “no te salves ahora/ ni nunca/ no te salves/no te llenes de calma/no reserves del mundo/ sólo un rincón tranquilo…” Entonces decido, no me salvo, prefiero la vorágine que espanta el sueño y alimenta el insomnio, para no quedar inmóvil “al borde del camino” .
Hoy todo el mundo lo llora, le rinden homenajes, lo muestran en su lecho definitivo, los medios le dedican la mayor parte de su tiempo, reviven entrevistas, desempolvan sus libros, lo muestran las vidrieras de los escaparates, envían cadenas en los celulares, pero no me imagino a Benedetti gozando de todo eso, seguramente es todo lo contrario, porque no amaba las entrevistas, se escabullía de las presentaciones de sus libros. Por eso, ante la página en blanco me resulta difícil expresarme. Entonces “miro cómo te vas adentrando en la niebla/ y empiezo a recordarte”.