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Artigas y la leyenda negra
19.06.2009 | Como suele ocurrir a los grandes hombres que han cambiado o intentado cambiar su mundo por un mundo mejor, José Artigas (1764-1850) ha generado muchos partidarios, entre los cuales fervorosamente me cuento; pero también muchos detractores.
Raúl Olazábal

Habiendo sido el más avanzado revolucionario político y social de la América del Sur durante la gesta emancipadora (habida cuenta de su ideario humanista, democrático y republicano tempranamente formulado en las Instrucciones del año XIII y luego en el Reglamento de fomento de la campaña de 1815 e infinidad de otros documentos), no le faltaron adversarios ni enemigos ni el abandono y la traición de aliados y lugartenientes.
La “leyenda negra” antiartiguista surge en todo su malévolo rigor con el libelo publicado en 1818, bajo seudónimo, por Pedro Feliciano Cavia, un funcionario del gobierno de Pueyrredón. Texto que fuera, al decir de Eugenio Petit Muñoz, “mal intentado y felizmente peor logrado pudridero de la gloria”. Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento, Vicente Fidel López y otros historiadores unitarios muy sectarios y apasionados convirtieron esta leyenda en toda una ideología que ha venido integrando el núcleo duro de la historia oficial argentina.
La polémica estalló con fuerza en 1884 (treinta y un años después de que Argentina adoptara la estructura federalista propuesta por Artigas) a raíz de un artículo publicado en el Sud América de Buenos Aires. A Carlos María Ramírez le cupo la honra de polemizar a fondo con el autor, también oculto, del nuevo libelo, y levantar los repugnantes cargos. Vinieron después, en 1910, el notabilísimo “Alegato histórico” del Dr. Eduardo Acevedo, que dejó al antiartiguismo sin argumentos y, en 1944, el inicio de la magna recopilación documental del Archivo Artigas, labor del historiador Juan Pivel Devoto.
La historiografía argentina no ha sido unánime en su crítica, y ya Juan Bautista Alberdi, unitario exiliado en Montevideo durante la Guerra grande, moderó sustancialmente a fines del siglo XIX su visión sobre el prócer. Por su parte, en 1925 el eminente Dr. Emilio Ravignani denominaba a Artigas, en sus clases de la universidad de La Plata, “el argentino más federal”. Y cierto rol positivo, escaso, vino también a cumplir el revisionismo histórico de mediados del siglo XX (Manuel Ugarte, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, etc.).
En 1991 se publicó en inglés “La invención de la Argentina. Historia de una idea”, del estadounidense Nicolás Schumway, pero el intento, quizás loable, se malogró con acusaciones a Artigas de “populismo abstracto”… ¡y de haber sido superado en la práctica por el poeta “argentino” Bartolomé Hidalgo!
En la actualidad existe una importante corriente reivindicativa en la que es posible incluir, entre otros calificados investigadores y narradores de la historia argentina, si bien con matices, a Felipe Pigna, Pacho O’Donell y, muy especialmente, el entrerriano Eduardo Azcuy Ameghino.
Pero la leyenda negra es pertinaz y aún aparecen obras como “El país que estalló. Antecedentes para una historia argentina”, de Alejandro Horowicz, editada en 2005. Este autor, que en su vasta bibliografía incluye hasta a F. Claudin, Hannah Arendt y Francis Fukuyama pero ignora a Acevedo, Petit Muñoz, Jesualdo y cualquier otro gran historiador de esta orilla del Plata, critica duramente a Artigas por no haber apoyado al Congreso de Tucumán ni acompañado la “estrategia sudamericana de San Martín y Güemes”. Lo acusa de “estrecho localismo” y de carecer del “sentido de las proporciones históricas”, pero se saltea el pequeño detalle de que por esos mismos años (1816-20) Artigas se vio forzado a defender en la Banda Oriental, con lanzas contra fusiles, las fronteras del viejo virreinato del Plata de la invasión portuguesa que los directores Pueyrredón y Rondeau y el propio Congreso de Tucumán negociaran y pactaran secretamente en Río de Janeiro.
A misiles como este de Horowicz (vestigios de la leyenda negra que a veces surgen también por estos pagos), el conocimiento histórico y la honradez intelectual los destruyen en el aire. Artigas, por cierto, está bien entero.



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