28.01.2012 |
De los tres poderes del Estado que sostienen nuestra democracia republicana hay uno que renquea: la Justicia. A ella, más que a los otros, la jaquean cada vez más la burocracia –epidemia nacional por ahora sin vacuna-, falta de oficinas suficientes y adecuadas, problemas para la formación de nuevos magistrados, falta de personal, cuestiones de logística, hoy tan de moda, y la carencia de autonomía presupuestal.
Antonio Pippo
Las consecuencias las padece la sociedad a diario y los ejemplos abarcan las peripecias más diversas para la convivencia civilizada que uno pueda imaginar.
A propósito no he dicho una palabra acerca de la corrupción, que ya la salpicó, pues ése es un asunto inherente a la condición humana, y ocurre en el ejercicio de cualquier responsabilidad estatal. Pero está claro: inquieta que al ciudadano no lo respalde una justicia rápida y eficaz.
Desde su púlpito oral –donde asfixia las gónadas comunitarias con su discurseo inacabable e inacabado-, o en entrevistas al paso donde no pierde el hábito de llamar “nabo” a algún periodista desprevenido, el presidente Mujica ha redundado acerca de la reforma del Estado. No haré un resumen de sus ideas, algunas pocas razonables, porque pretendo mantener mi estabilidad psicológica. Pero es un hecho que al Poder Judicial le ha destinado, si es que lo ha hecho y no me equivoqué al oírlo, la menor de las atenciones.
Grave error, señor presidente. Sin una Justicia en condiciones de ejercer su tarea no hay institucionalidad posible.
Algunos tangueros han creído desde siempre que cuando Enrique Santos Discépolo escribió en “Cambalache” aquello de “…ves llorar la biblia junto a un calefón”, era una metáfora del entrevero, del descuido, de la desaprensión. Pues no. La investigación paciente de su vida y obra ha permitido saber que, sin perder esa estrofa su intención metafórica, se refería a una realidad estricta: en tales tiempos, las familias necesitadas, que eran muchas, solían usar el papel suave y liviano de las biblias que regalaba una sociedad religiosa; las arrancaban, las unían con un hilo a través de un agujero que les hacían y las colgaban al lado del calefón… pero más cerca del inodoro.
Esta referencia, un tanto prosaica pero absolutamente verídica, estimuló en mí un pensamiento: siempre hay soluciones para las necesidades más urgentes aunque se alejen del ideal al que todos aspiran. Porque, como dijo Perogrullo, algo es algo.
O, visto desde una perspectiva gubernamental, siempre será mejor acercar una solución transitoria, mientras se espera el papel higiénico de calidad superior, a quedarse de brazos cruzados y condenar al urgido a estrategias desesperadas de consecuencias inenarrables.
En fin, al margen de cierto humor escatológico y ciertas relaciones argumentales que pueden desagradar, hay una cuestión esencial que los poderes Ejecutivo y Legislativo se niegan a decidir: la autonomía presupuestal del Poder Judicial.
Se hace muy difícil no percibir en esta negación, tan persistente al discurrir de la historia, un trasfondo bastante desagradable: mientras la Justicia dependa de los otros poderes para saber de cuánto presupuesto dispone perderá, se pretenda disimular o se luche contra ello, una parte sustantiva de su independencia. Termina siendo un asunto de control indirecto e, inevitablemente, de presión.
El equilibrio de la democracia es delicadísimo. De él depende que esa democracia funcione como debe.
Tal como van las cosas, los ciudadanos responsables tenemos derecho a estar muy preocupados. Y los magistrados a sentirse sospechados e incómodos.
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