04.02.2012 |
El viento fortísimo de la tecnología –a la velocidad de un huracán caribeño al que podríamos llamar Carmen, o Luz Mala, o Milonguita- ha desatado toda suerte de polémicas, que con su terquedad doblegan el supuesto dogma de la red de redes y todas sus expresiones, constantemente modificadas, que tornan obsoleto lo que hasta ayer era el “último tren de la modernidad comunicacional”. Una de esas polémicas tiene que ver con los riesgos que implica la sociedad digital en construcción.
Antonio Pippo
Rescato dos frases de Juan Luis Cebrián: “…acostumbrados a recibir una cantidad abundantísima de información, no somos capaces de aseverar que estemos mejor informados por el simple hecho de que estamos, aparentemente, más informados. Un exceso de datos puede ser causa directa de nuestra ignorancia” (…) “…el usuario, entusiasmado porque la red le permite sentirse ciudadano del mundo y convertirse en una especie de dialogante universal, experimenta a la vez pulsiones de un enorme ensimismamiento, lindantes con el autismo”.
Nadie postula, ni Cebrián, detener a la tecnología. Se trata, en todo caso, de advertir sus riesgos y prevenirlos a tiempo: “La sociedad digital puede ser un fabuloso instrumento de igualitarismo sin necesidad de aniquilar la pluralidad de opciones y propuestas”. De lo contrario “podría convertirse en una forma añadida de dominación”.
Un modo sería no pronosticar más decesos: ni de la escritura que no use la computadora, ni de los libros tradicionales e incluso del alfabeto, cuando la propia tecnología digital, por ahora, “no hace sino producir toneladas de papel y cientos de nuevos libros”.
Otra de las polémicas es más audaz e incitante.
Un prestigioso especialista en pedagogía, Jaim Tcheverry, hizo una defensa del arte, hoy habría que llamarlo así, de la escritura cursiva, ésa que aprendíamos antes en la escuela, que a su juicio debería revitalizarse y mantenerse paralela a los diversos y cambiantes usos de la tecnología digital. Este buen hombre, de cara contra todos los vientos, ha advertido que las computadoras favorecen el pensamiento binario mientras la escritura es rica, diversa, individual y nos diferencia a unos de otros. No admite que se deje de educar a los niños en que la escritura cursiva, a mano, responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable; pero, como Cebrián, no es un dogmático: tiene claro que ambos sistemas de comunicación escrita, dadas las circunstancias, tienen que convivir.
Volviendo a la escritura cursiva, que yo aprendí con los curas de la Sagrada Familia, aquí en San José, parece apropiado recoger otra frase de un reconocido intelectual, escritor, filósofo y semiólogo, Umberto Eco, quien pone un poco más de pimienta a la polémica: “La escritura cursiva exige componer las frases mentalmente antes de escribirlas, requisito que la computadora no sugiere”.
Justo hoy que se parlotea sin cesar de reformar la educación –más allá de que quienes se pusieron la cosa al hombro parecen autitos chocadores del Parque Rodó, para peor sin conductor- uno tiene la sensación de que estos debates serán fundamentales y esclarecedores, y de que la propuesta de “una convivencia necesaria” se para ante nosotros como una idea seductora.
Particularmente, no deseo que la escritura cursiva tenga el destino del latín. Y, como Cebrián y Carlos Fuentes, entre otros, tampoco quiero que forma alguna de nueva tecnología disuelva las sanas tendencias de componer las frases mentalmente antes de escribirlas, ni al lenguaje mestizo, itinerante, que le reserva el futuro al mundo.
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