Nuestro problema es que nunca apresaremos el tiempo en ningún envase hermético que nos garantice que esté a nuestra disposición cuando lo necesitemos. El tiempo se resiste a ser encerrado porque no es sustancia ni materia sino esencia de las cosas que son, como un dios, o tal vez Dios con mayúscula, porque si hubiera que pensar una palabra nueva para el concepto de Dios, esa palabra sería “tiempo”. Perdón… “Tiempo”, así, con mayúscula.
Nuestro problema es que vivimos como si pudiéramos apresarlo y jugar con él a nuestro antojo. Como si tener un reloj fuera tener el control de algo. Como si la lógica de mecanismos divisorios que compartimenta al día en 24 horas y a cada hora en sesenta minutos y a cada minuto en sesenta segundos y así ad eternum…, como si eso, que es una comodidad humana, fuera algo parecido al Tiempo. Y no lo es.
Nuestro problema es que, supuestamente, lo vemos pasar, cuando todas las cosas de universo nos indican que Él es el que nos ve pasar a nosotros. Incluso iría más lejos: Él es el que nos pasa y nos traspasa y nos deja huellas llamadas arrugas faciales, llamadas decadencia muscular, llamadas perder a los viejos, llamadas muerte, llamadas, nacimiento, llamadas proceso, creación, destrucción. Y Él, mientras tanto, no se arruga, nada pierde, todo lo gana. No puede ser creado ni destruido.
Nuestro problema es que no asumimos que cuando, por decir algo, en un lugar no nos atienden a tiempo nos están matando de a poquito. Hemos ido a una cita y la otra persona no ha llegado en hora y esa persona ha decidido despojarnos del tiempo, y a veces nosotros mismos somos esa persona que elige pensar que el tiempo de otro no es tan importante y que puede dejarse chorrear, dejarse perder. A menudo invertimos
nuestro tiempo pequeño, nuestro tiempo con minúscula, porque es sólo nuestro, en la nada. Decidimos convertir nuestro tiempo en nada. Y el otro, el Tiempo con mayúscula,
no perdona esas afrentas.
Nuestro problema es la hipervaloración de la materia por sobre el Tiempo. Y cuando digo “materia”, debe leerse “lo material”, eso por lo que dejamos todo y nos lanzamos a la calle, a la fábrica, a lo que sea con tal que nos produzca el dinero necesario para obtener eso que no sabemos bien qué es pero que buscamos afanosamente como si fuera la verdadera quintaesencia de la vida.
Vendrá algún día el Tiempo con mayúscula y nos dirá algo así como que nuestro tiempo con minúscula se ha terminado. Vendrá acompañado de vejez o de sorpresa o de accidente o de azar o de fatalidad o de algo que nosotros mismos nos hayamos causado con nuestro estrés, nuestra frivolidad, nuestro alcohol, nuestro tabaco, nuestro sedentarismo crónico. Vendrá con una calculadora, sacando cuentas, revelando
ecuaciones y dictaminará tal año, tal día, tal hora. ¿Y quién podrá decirle que no? Sólo algún inconsciente atrevido…
Pues bien… ¡es hora de ser inconsciente y atrevido! Es hora de decirle al Tiempo que sí, que Él es el dueño, pero que cada tanto, por lo menos una vez al año, nosotros somos los que celebramos su pasaje, la muerte simbólica de un año y el nacimiento de otro.
¡Nosotros y la alegría de estar vivos y juntos! Nosotros a pesar de todo somos hombres y mujeres que vivimos y nos reunimos y nos vemos y nos tenemos y nos apoyamos. Y además, para aquellos que no están porque supuestamente el Tiempo los ha llevado, para ellos, tenemos la Memoria y el Recuerdo, que también van con mayúscula.
Por eso habrá que celebrar la partida hacia la nada de un año más, de un 2011 que habrá sido notable para algunos y penoso para otros… Por eso habrá que celebrar la llegada de un año nuevo, que en definitiva es la llegada de algo que nace y nos llena de esperanzas y de anhelos y de belleza en nuestro pensamiento.
¡FELIZ INICIO DEL 2012 PARA TODOS! ¡APROVECHEMOS EL TIEMPO!