San José, Jueves 11 de Marzo del 2010, 07:20


Apología de la bolsa de agua caliente
Diego Maga
Apología de la bolsa de agua caliente

Estuve pensando que -al menos como excepción- bien podría dedicar esta sección a considerar algún tema de verdadero impacto social. Uno profundo o de real incidencia en la vida de los uruguayos. Así que –por una vez- me decidí a no desperdiciar este generoso espacio del diario escribiendo sobre estupideces que no le importan a nadie.

En esta edición de “Podría ser peor” me voy a referir al beneficio, al regocijo, al placer intransferible que implica usar “bolsa de agua caliente”. Es casi un acto de justicia para con uno de los objetos más ninguneados en los foros académicos.
Nada más injusto que esta indiferencia con uno de los elementos más útiles de la humanidad. ¡Y las razones para mi tesis sobran!
Ahora que llegaron los fríos polares, nada más oportuno que movilizar la curiosidad de los uruguayos e investigar lo que ocurre debajo de la frazada. Hurgando en ese plano horizontal de la existencia, descubriremos a la “bolsa de agua caliente” y su eficiente acción para que podamos sobrevivir a estos inviernos crudos.
De modo tal que la crónica se irá convirtiendo en un sentido homenaje a la querida “bolsita” como método infalible para espantar el “chucho” en una de las zonas más friolentas y sensibles de nuestra anatomía (o cuerpecito, que suena más lindo) como ¡los pies!
Porque acaso, ¿hay algo más seguro y efectivo que la “bolsa de agua caliente”?... ¡No!... Sin caer en definiciones desmesuradas estamos en condiciones de expresar –de acuerdo a la información recabada- que la “bolsa de agua caliente” es uno de los inventos más deslumbrantes del hombre. Pocas cosas han sido tan benéficas para la civilización. ¡Y a ustedes, manga de ingratos, no se les mueve un pelo!... ¡Será bicho desagradecido el ser humano!
Muy a pesar de las enciclopedias y los intelectuales, “la bolsa de agua caliente” fue, es y será un descubrimiento revolucionario. Porque, seamos claros, ¡¿yo que carajo hago con “La Teoría de la Relatividad” cuando arranca el invierno?!... ¡¿Me voy a poner los libros de física en las patas –por decirlo científicamente- para que no se me congelen?!... ¡Háganme el grandísimo favor y no subestimen mi inteligencia!... ¡Qué me venís con Einstein cuando hay dos grados bajo cero!... ¡Rajá de acá, ridículo!
Por esta deuda histórica y moral que tenemos con ella, es que defiendo y promuevo el uso incondicional de la “bolsa de agua caliente”. ¡Y no me vengan con los avances tecnológicos y esos artefactos sofisticados como la “mantita eléctrica” o el “calentador de cama”! Aparte, va siendo hora que alguien diga que con estos aparatos corrés riesgo de vida. Si, macho, si: ¡dormís en peligro! Y no me salgan con que soy un analfabeto en asuntos de electrónica porque hice un curso por correspondencia y estuve a un cachito así de recibirme…
Imaginate: vos durmiendo como piedra, sacándole várices a las patas de la “catrera”, con el calentador de cama prendido y –Dios no quiera- te orinás encima. ¡Una tragedia! Porque, puede pasar. Es un escenario absolutamente posible. A todos nos pasa -con estos días helados- de predisponernos al “sueño veraniego”. Es que, obviamente, cuando vienen los tiempos invernales uno –inconcientemente- se defiende soñando. Mientras dormimos, generalmente soñamos con que estamos en la playa, en un día espléndido de sol, con 40 grados y metidos hasta el cuello en el agua tibiecita. Lo que, de más está decir, llama a la desgracia puesto que cuando -en la vida real- estamos sumergidos en el agüita y con el cuerpo fuera de la vista general, nos sentimos impunes. En esa situación: ¡vale todo! Es decir, si nos vienen ganas de hacer pis, mirá si vamos a salir del agua y a caminar 200 metros para ir al baño del camping. ¡Ni en pedo!... Directamente, mandás el “picholo” ahí (con cara de “yo no fui”) y nadie se entera. Así que, perfectamente (para que vayan calibrando la gravedad de las cosas), vos podés estar soñando justo con esa escena de impunidad y te hacés pichí como si nada; ¡y si estás con el bendito “calentador de cama” funcionando las consecuencias pueden ser fatales! A ver si me explico: ¡te morís electrocutado, loco!... ¡Hacés saltar la instalación eléctrica de tu casa y –probablemente- dejés sin luz a todita la cuadra!... ¡Después no digan que no les avisé!
Así que, sigamos promoviendo con orgullo el uso de “la bolsa de agua caliente”: ¡la mejor manera de pasar el invierno calentitos y –sobre todo- de pasar el invierno vivos!


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