San José, Sábado 4 de Febrero del 2012, 13:08


Tres víboras
Pedro Peña
Tres víboras

VÍBORA I. Mis abuelos tenían un campo chico en Tranqueras Coloradas. Mis vacaciones de la infancia tienen mucho que ver con esos parajes. Con ellos vivía el Pocho, una especie de peón rural-socio de mi abuelo que se revolvía haciendo el queso y dándole de comer a los chanchos. También llevaba una quinta en una de las lindes del campo. Yo lo recuerdo especialmente porque fue quien me enseñó a andar en moto (una Honda 50 desvencijada) entre el galpón y las casas. Aunque si lo pienso mejor, en realidad le debo muchas, muchas más cosas de las que ya hablaré algún día.
Resulta que una mañana mi abuela me mandó a avisarle al Pocho que ya estaba la comida y que si no iba a tomar mate, que lo estaban esperando. Para llegar hasta la quintita había que cruzar una cañada de dos o tres metros de ancho y de profundidad casi inexistente. Les pedí el caballo pero me dijeron que no valía la pena, que fuera caminando, que me quedaba más lejos el potrero del caballo que la quinta. Bueno…, llegué a la cañada y me fijé en las piedras o terrones salientes en las que pudiera apoyarme para llegar al otro lado, que más o menos eran siempre los mismos, dependiendo de si la lluvia había hecho crecer o no el arroyo. Tracé visualmente mi recorrido, salté sobre una piedra, otra piedra, un terrón y, justo cuando iba a dar el último salto antes de la orilla la vi enroscada justo en el centro de donde mis pies debían apoyarse. No sé cómo la vi ni cómo logré detener el impulso. Y debo decir que el impulso era fundamental. Una vez que se pierde ya no se puede seguir. Quedé varado a un metro de la orilla, sin poder tomar carrera ni girar mi cuerpo para retroceder. Pasé por unos segundos terribles hasta que me decidí a gritar. Al rato llegó el Pocho con los bueyes y la picana.
-¿Qué le pasó, m´hijo?
-Una víbora –dije señalando hacia la orilla.
-Pero qué cosa…
La picana se hamacó en el aire y bajó rauda. El cuerpo de la hermosa y terrible criatura verde estalló por la panza.
Toda la vida me he preguntado: ¿por qué murió esa víbora? ¿Por qué tenía que estar allí? ¿Por qué tenía yo que pasar por allí ese día y coincidir con ella?
Las parcas griegas, esas que tejen el destino de todo lo que se mueve, esas tres mujeres locas, hacen cosas muy raras.

VÍBORA II. En Brisas del Plata hay víboras venenosas. Yararás. Pican y enseguida hay que atenderse. Si no, hasta luego. Como toda la vida he ido a veranear a esa playa, he tenido la suerte de toparme con alguna a la que he tenido que matar. Una vez estaba afeitándome en el baño. De repente miro hacia abajo y la innombrable venía despacito, pronta para enroscarse. Había entrado por la puerta que yo había dejado sin cerrar para que se ventilara el baño. Había venido desde el terreno de más arriba, donde pululaban los pastos altos.
Otra vez, muchos años antes, habíamos ido a pasar unos días con una barra a una casa que nos habían prestado. Bajábamos a la playa cuando se nos cruzó en el camino otra yarará, una enorme, gruesa como un brazo pero mucho más larga. Se enroscó al costado del camino como diciendo el primero que pase la queda. De alguna manera me sentí responsable de los otros, que eran un poco más chicos y no conocían el lugar como yo. Como en la casa había una escopeta y cartuchos en la mesa de luz (es verdad, pero ¿a quién se le ocurre prestarle una casa a un grupo de jóvenes sin advertirles o al menos pedirles que no usen las armas? Por suerte éramos más o menos normales…), uno de mis amigos, Nacho C, fue a buscarlos mientras el resto y yo vigilábamos a la paciente criatura que se aguantó.
Llegó la escopeta. El caño estaba sucio. Siendo niño mi abuelo me había dicho que si el caño estaba sucio no se debía disparar porque podía pasar que estallara hacia atrás y volarte la cabeza. Miércoles… Tuve que agarrar un pedazo de papel higiénico y, con una vara, pasarle bastantes veces al caño.
Metí el cartucho.
Me acerqué a dos metros más o menos.
Apunté.
La víbora seguía enroscada, esperando la muerte.
Apreté el gatillo.
No salió el tiro.
Nacho me dijo: me parece que no la amartillaste.
Lo quedé mirando.
Tenés que hacerle ese cosito para atrás, me dijo.
Ah…
Al final salió el tiro. Por suerte no me machucó el hombro ni nada. Como eran perdigones, la víbora saltó partida como en cuatro pedazos. Me dio mucha, mucha lástima. Pero después me dijeron que no se podían dejar vivas. Que si pican a alguien en la noche, eso sí era la muerte, y más allí, a veinte kilómetros de cualquier cosa.
Mis últimos veraneos han sido en el este. Todavía recuerdo que pensé jamás encontrar una víbora por aquellas costas oceánicas. Adivinen qué fue lo que encontramos en el patio de la casa que alquilamos, a los dos días de nuestra llegada…


VÍBORA III. Semana santa 2009. Un familiar cercano estaba ayudándome a construir una explanada de ladrillo al costado de la vereda de nuestra casa en la cooperativa de viviendas que, como ustedes ya sabrán, queda en los confines de San José, en una zona apartada, casi rural. Había que vernos… De repente alguien grita desde la puerta principal, grita dos veces y vuelve a entrar. Enroscada al lado de mi bicicleta había una víbora. Mi familiar, presto a demostrar su hombría de bien, tomó la escoba y se dirigió al lugar rodeando la casa. La mató en una serie inacabable de escobazos en la cabeza mientras yo observaba anonadado. La víbora estaba a medio metro de la puerta y
a uno de la ventana de nuestro cuarto, donde todas las tardes duerme la siesta el Santi. La pregunta es cómo llegó hasta allí. ¿Vino del lado del campo? Eso no sería lógico pues estaba del otro lado de la casa. ¿Atravesó toda la cooperativa? Tampoco sería muy lógico que nadie la hubiera visto a través de la rústica plazoleta siempre poblada de niños. No sé si conviene hacerse más preguntas...No era venenosa, creemos. Creemos que era una falsa crucera. Creemos. Y no nos hacemos más preguntas. En ese sentido parecemos gente que se ha cansado de tanto filosofar.









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