San José, Sábado 4 de Febrero del 2012, 11:46


Esa pesada piedra de las falsas emociones
Pedro Peña
Esa pesada piedra de las falsas emociones

El otro día conversaba de fútbol con alguien muy conocedor del tema que además es un artista importante de nuestro departamento. Él se floreaba con sus conocimientos de los resultados del fútbol maragato de antaño, anécdotas, jugadas, etc., lo que no dejaba de ser curioso dada su edad: 37 años. Es decir, mucho más conocimiento del que cabría suponer. Pues bien, en determinado momento la conversación derivó hacia las distintas formas de ver y sentir el fútbol. Yo le cuento acerca de mi insatisfacción ante la irracionalidad del hincha futbolero y este amigo me confiesa, defendiendo la posición del hincha apasionado, que lloró muchísimo cuando Uruguay perdió seis a cero con Dinamarca en un mundial de México en 1986.
-Yo lloré muchísimo –me dijo-. ¿Eso está mal?
Yo le respondí algo así como:
-No, no está mal que hayas llorado. Lo que está mal es que lo vuelvas a hacer después de haber vivido tantos años y haber pasado tantas cosas. Uno aprende a llorar por cosas de verdad.
Me quedó mirando con gesto raro.
-¿En qué sentido?
Al principio no supe hacerme explicar bien. Después vino a mí una imagen que lo aclaró todo. Les voy a contar sobre esa imagen.

En el año 2001 hubo un terremoto en el sur de Perú, más concretamente en las provincias de Arequipa y Moquegua, entre plena zona andina y el Océano Pacífico. No recuerdo el número de muertos, pero fue importante. Y también fue importante la cantidad de daños que causó y la miseria en la que dejó a ciertas poblaciones nativas. En mi trabajo en una ONG local me propusieron participar de una experiencia como brigadista. Tendría que ir a Perú, a las zonas afectadas, y trabajar en la montaña con la gente.
Llegué a Perú en el mes de julio, cuando los efectos colaterales del terremoto llevaban algo así como dos meses haciéndose sentir. El aeropuerto estaba plagado de carteles que rezaban “BIENVENIDO AL CAMBIO”. En esos días, y estando yo en Perú, vi y compartí la esperanza de los peruanos al asumir la presidencia Alejandro Toledo, que a la postre terminaría desilusionándonos a todos. Después de llegar a Lima tras dos vuelos, tomé el definitivo hacia Arequipa, la ciudad blanca, a 2400 metros de altura. Allí conocí a mis compañeros de brigada, dos doctoras, un chofer, otro asistente de campo. También me fueron indicadas mis tareas y me fue consultado cómo prefería llevar adelante mi rol de educador. Quedamos en que mientras las doctoras atendían en los improvisados consultorios de campaña, yo haría actividades lúdicas y educativas con niños, adolescentes y población en general. Fenómeno… Así las cosas, nos movíamos en una camioneta medio desvencijada propiedad de Walter, quien también era quien nos daba alojamiento. Yendo y viniendo, subiendo hasta los 4800 metros del Cañón del Colca o bajando hasta los 2000 del Valle de Omate, fuimos conociendo hermosos y muy pobres pueblitos andinos cuya construcción principal siempre era una capillita bien blanca y una en ocasiones casi inexistente plaza de armas. Según entendí, en aquellas regiones habían establecido importantes bases acólitos de Sendero Luminoso, aunque ya todo estaba poco menos que muerto y enterrado.
Una tarde de mucho calor (aunque estábamos en julio, la cercanía del Ecuador hace que aquellas regiones se vuelvan recalcitrantes después del mediodía) veníamos terminando nuestra labor. Bajábamos de la población de Cabanaconde hacia nuestra base circunstancial en la ciudad de Chivay, cuya máxima atracción resultaban ser unas pequeñísimas termas permanentemente visitadas por alemanes o escandinavos que venían de Machu Picchu a los que les gustaba bañarse completamente desnudos. A medio camino pasamos por la población de Achoma porque habían quedado pendientes algunas consultas. Allí nos encontramos con algo que me impactó: una mujer muy joven y rechoncha llevaba en brazos a un bebé de unos nueve meses. Las doctoras revisaron juntas el caso durante un buen rato y las caras iban poniéndose cada vez más serias. Una de ellas dijo que había que trasladarlo hasta Chivay sí o sí y nos pusimos en campaña de hacer lugar en la camioneta. La mujer madre sonreía de agradecimiento a pesar de la supuesta gravedad del diagnóstico. Muchos días había pedido que la sacaran y no había nadie en la población que pudiera hacerlo. La dejamos en el pequeño hospital de Chivay, adonde fue acompañada por las doctoras, que al rato regresaron a la camioneta. Le pregunté a una de ellas si el caso era serio y ella hizo un movimiento de hombros y un gesto que lo revelaban todo.
Al otro día decidimos pasar por el hospital (una casa blanqueada de no muy grandes dimensiones) antes de subir de nuevo a los pueblos del cañón. La mujer estaba recostada sobre una saliente del muro con el gorro colla en la mano. Mientras no nos vio su rostro reflejaba dolor y seriedad y también alguna lágrima. En cuanto nos reconoció fue hacia nosotros con una sonrisa humilde y resignada toda perlada de llanto. Nos agradeció “todo” lo que habíamos hecho por ella y su niñito. Recién le habían dicho que había muerto.


Después de esto he visto muchas personas llorar. Llorar por motivos estúpidos como que van a eliminar a alguien famoso de un reality show de baile. He visto personas llorando porque se van de un trabajo a otro mejor. He visto personas, en realidad anormales con todas las letras, llorar porque el cuadro del que son hinchas pierde una final o pierde un clásico o gana de atrás en el último minuto… Yo no le puedo decir a nadie por qué cosas debería o no debería llorar. Eso le corresponde a los espíritus de cada uno. Lo que sí puedo hacer, lo que nadie puede negarme el derecho de hacer, es pensar en los enormes grados de estupidez de algunos seres humanos, entre los que a lo mejor me incluyo.









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