|
Canciones de acción directa
|
Otra página para un libro que sigue abierto. Cuando “Buitres” escribió el primer capítulo de su historia maragata, hace ya 18 años, muchos de los protagonistas de este último episodio aún no habían nacido. Otros, no sabían hablar ni caminar. Y algunos, como yo, no tenían la edad suficiente para ir solos a recitales de rock.
El viernes, aquellos que aún no habían nacido (hoy, adolescentes); los bebés que todavía no sabían hablar (hoy, mayores de edad) y los niños que –por aquel entonces- no tenían el permiso paterno para ir solos a recitales (hoy, treintañeros) se juntaron con los jóvenes que 18 años atrás los vieron debutar en San José (hoy, cuarentones).
Es ese cruce generacional es lo que vuelve tan especiales a los toques de “Buitres”. Una banda que, como pocas en la escena uruguaya, sigue acumulando generaciones detrás de sí. Su público no se detuvo en el tiempo. Se renovó, reactualizando el culto. Una renovación que, por cierto, fue en paralelo con la renovación de su cancionero. Razones que explican porqué este libro tiene principio y parece no tener fin. Que explican cómo “Buitres” pudo devolverle el “fuego sagrado” a un rock nacional que en los ochenta ardió mucho pero se extinguió rápido. Que explican cómo pudo sobrevivir a las crisis profundas, auges explosivos y estabilizaciones inevitables del rock uruguayo de los noventa y del nuevo siglo.
Más allá del espesor de los años, el desgaste interno de todo grupo humano, los rumores de separación que alguna vez los acosaron y los cambios de componentes, estos músicos continúan subiéndose a los escenarios con una “actitud inaugural”. La adrenalina, la intensidad emotiva y el acelerado pulso rockero es el mismo que cuando tocaron por vez primera ante los maragatos.
Retroalimentándose con ese “motor popular” que no se detiene, “Buitres” sigue siendo “Buitres”. Estos señores no actúan “a reglamento”. No tocan con la actitud propia de un funcionario público que no ve la hora de irse a casa para acostarse a ver la tele tempranito y con la bolsita de agua caliente en los pies.
Estos veteranos, con menos pelo y más canas, obviamente no la juegan de pendejos, son conscientes de cargar con más de cuatro décadas, pero tampoco perdieron “el hambre” de cuando querían ganarse un lugar en el rock nacional. Argumento esencial para que continúen más cerca de la reinvención que del retiro.
Estamos en el 2010 y “Buitres” (con 20 años de carrera), es una de las leyendas más persistentes de la MPU. Fieles a sus “rituales históricos”, el Club volvió a ser punto de partida de una gira nacional y hervidero generacional.
El compacto quinteto de Gabriel Peluffo (voz y armónica), Gustavo Parodi (guitarra), José “Pepe” Rambao (guitarra), Orlando Fernández (bajo) y Nicolás Souto (batería, que lució en su bombo la inscripción “Se vende este espacio”) volvió para mostrar lo que los mantuvo vivos durante dos décadas: las canciones. Esas mismas canciones de acción directa que nos convencen de que “el cielo puede esperar”.
Sobre las 23:00 horas, “Buitres” largó con una sucesión de clásicos que empezó y parecía no tener final. “Mincho Bar”, “Ojos Rojos”, “Condenado el Corazón”, “Carretera Perdida”, “Soy del Montón”, “Buitres”; covers de maestros uruguayos como Eduardo Darnauchans (“El Instrumento”) y españoles como Loquillo (“Cadillac Solitario”) o piezas de colección de aquella “semilla ochentosa” que fueron “Los Estómagos” (“Solo”).
Temas que le dan “cuerpo y alma” a una de las obras más contundentes de la música nacional. Temas tocados con la urgencia de los primeros días. Temas que se cantan (y se saltan) a rabiar. Temas con pasado, presente y futuro.