Primera Hora

MI DERECHO A OPINAR SOBRE EL CAMPO

Hay personas que no admiten que se opine del campo sin conocimiento de causa. Y como aparentemente dicho atributo solo lo otorga el hecho de conocer el campo y haber vivido en él, y para prevenir que me denuncien por tal atrevimiento, haré una breve introducción de tono familiar.

Como he contado otras veces, mi bisabuelo Cristóbal Guelbenzu llegó a principios del siglo XX a afincarse en la zona de Carreta Quemada. Allí se casó con mi bisabuela Graciana Cuñeti, y tuvieron 9 hijos. Murió relativamente joven, dejando a mi bisabuela con una gran carga. Afortunadamente, los dos hermanos mayores de mi abuelo lograron establecerse bien, comprar algunas hectáreas más y, mediante el trabajo con la ganadería, asegurar a su madre y al resto de los hermanos pequeños un buen pasar. Con el tiempo, la familia se fue dividiendo en dos partes bien nítidas: los que habían hecho mucho dinero por un lado y, por el otro, los que como mi abuelo, mantenían un pequeño establecimiento de apenas 30 hectáreas. En aquel campo de Tranqueras Coloradas, aledaño a Carreta Quemada, mi abuelo araba con bueyes en la década de los ´80. Yo seguía aquellos bueyes con la picana al hombro, y a veces me ponía delante de ellos para que me siguieran. Se llamaban Moreno y Barcino. El caballo en el que aprendí a andar para ir a buscar las vacas y los terneros al potrero del vecino se llamaba Malevo, y a veces también lo enganchábamos al arado. Mis tareas se concentraban en las mañanas. Me tocaba ordeñar a mano tres o cuatro vacas, mientras el Pocho (peón-socio de mi abuelo) ordeñaba otras ocho o nueve. Luego se me adjudicaba la responsabilidad de revolver la cuajada en el tacho del queso. No tenía más de diez años cuando aprendí todas estas faenas, por las que siempre me pagaban.

Mi abuela tenía una quinta de la que nos alimentábamos todos, incluso mis padres, que iban desde San José a Tranqueras Coloradas en bicicleta y siempre se llevaban verduras. Mi abuela, con el ahorro de años de trabajo en su huerta y en el mercado de San José, donde vendía las flores que traía a la ciudad en aquellos bolsos de hacer los mandados que todos recordamos, logró comprar una casa en el centro, que fue en la que siempre vivimos.

En el año ´85 mis abuelos debieron rematar su campo, en parte porque iban a jubilarse, aunque el tema mayor era que ya no podían sostenerse, producto de la crisis de la época inmediata anterior. Con lo que ganaron en el remate construyeron dos habitaciones más en la casa de la ciudad y, allá por el ´90, realizaron juntos un único viaje al exterior: se fueron a Chile, en ómnibus, por supuesto, algo que atesoraron por el resto de los años que aun les quedaban.

Conozco perfectamente la dinámica de los pequeñísimos productores del campo. Y porque la conozco, opino.

Van mis preguntas y apreciaciones en una forma que espero sea clara y sencilla: ¿alguno de los productores qué protestó con avionetas que gastan un dineral en combustible sabe a cuántas personas se puede alimentar con ese combustible? Muchos de los productores que están organizando esta protesta manejan sus campos heredados por el mero hecho de nacer, generación tras generación, en una clase privilegiada. Muchos los manejan a distancia, desde lugares de veraneo lujosos o desde el viaje anual al exterior.

Por eso surge claramente la necesidad de distinguir entre el mediano productor, que tiene a su cargo poco personal y que arrima a su tarea su propio esfuerzo físico y el de su familia, y asociarlo al pequeñísimo productor (como lo fue mi abuelo), que lamentablemente cada vez es menos frecuente, y que es su único sostén y puede llegar al extremo de pasar hambre porque no se quiere desprender de lo poco que tiene para venirse a la ciudad.

A estas dos categorías hay que separarlas y diferenciarlas muy bien de los productores de grandes extensiones, de los tamberos con cientos de vacas, de los ganaderos de engorde, que deben asumir la realidad de que vivir en un país como este, para ellos, que son privilegiados, implica pagar más y soportar mayores cargas impositivas que el resto.

¿Cuántos años los docentes cobramos salarios miserables? Recién en la última década hemos tenido un aumento (aun insuficiente, pero reconocible) en nuestros ingresos. Hemos padecido esa situación más de cien años: siempre la Cenicienta de las carreras terciarias, mirados con desdén por el resto de la sociedad y ganando tres pesos por una tarea que siempre se ha supuesto fundamental. Pues bien, ahora que hemos empezado a mejorar por el mero hecho de que se redistribuye un poco mejor la riqueza, es justo que las clases privilegiadas por nacimiento aporten en el país lo que el país siempre les ha aportado, entre otras cosas refinanciando las deudas de decenas de años, que nunca terminan de pagarse y que son millonarias.

No quiero que se interprete nada de esto como un reduccionismo de la problemática. El mediano productor, que tiene un pequeño tambo o una pequeña chacra, que vende al mercado o en almacenes sus productos, o remite cada tantos días la leche a la empresa láctea, no debe colocarse en la misma situación que los grandes ganaderos, los grandes tamberos o los grandes dueños de la tierra. Le hace mal al reclamo que esgrimen que se asocien con quienes no son ni representan lo mismo. La “gente del campo” es, en ese sentido, igual a la “gente de ciudad”: entre ellos hay pobres, clase media y ricos. Y entre los ricos los habrá buenos y respetuosos de los derechos de los trabajadores, y malos e irrespetuosos. Estos últimos, que siguen siendo ricos (y su manera de manifestarse así lo señala), son los artífices de grandes injusticias, y su manera de protestar es escandalosamente agresiva y ostentosa. La gente que trabaja en el campo día a día y cumple responsablemente sus obligaciones, hace mal en seguirles la corriente, porque los probablemente justos reclamos quedan manchados con la amenaza a los valores republicanos y democráticos latentes en las destempladas expresiones que suelen usar.

 

(Contratapa publicada el sábado 20 de enero de 2018)

pedrocpena@hotmail.com