(Des)esperando por Trump

Mañana asumirá el nuevo presidente de Estados Unidos. En ningún país podemos desconocer, inclusive en este rinconcito del Plata, la influencia que tiene las políticas de ese país en el orden económico, político, social y ambiental del mundo. Y sobre cada una de esas dimensiones, la presidencia de Donald Trump no hace otra cosa que prometer riesgos y más incertidumbre sobre el futuro. En este cuadro, lo económico: Todo indica que el nuevo presidente apunta a construir una economía más cerrada con un incremento del proteccionismo, y ya ha anunciado inclusive la renegociación del Nafta y del incipiente acuerdo del Pacífico, donde está nuestro vecino Chile.

Indudablemente si la economía de Estados Unidos se cierra, el impacto global va a ser considerable y los efectos directos van a pegar (ya lo está haciendo) en países como México, pero también en nuestro socio Brasil, lo que puede acarrear consecuencias indirectas sobre Uruguay. Pero esto va a tener un efecto también en la esfera social, porque si hay empresas norteamericanas que dejarán de producir en México u otras empresas que ya no van a poder vender con la misma facilidad hacia ese mercado desde cualquier otro país del Nafta, se van a ver obligados a trasladar su producción a Estados Unidos con el consiguiente impacto laboral en las otras economías. Si Trump cumple lo que promete no es de extrañar que el impacto comercial pueda producir desórdenes significativos en las economías domésticas.

En lo político hay varias amenazas, aunque allí probablemente los contrapesos de las relaciones y las alianzas internacionales sean menos modificables. Hay sí un legado de la administración Obama que prometía ser beneficioso para América Latina y para Cuba en particular, que probablemente no siga el mismo derrotero. La visión global del problema de la emigración que tiene el futuro presidente y la concepción de los pueblos latinoamericanos expresadas en sus alusiones de campaña, muestran un desprecio hacia los extranjeros de esta parte del mundo que nos lleva a anticipar un horizonte no muy alentador, ni para los inmigrantes ni en la construcción de las relaciones políticas con este continente. La promesa de construir un muro en la frontera mexicana es humillante y los países del resto del continente deberían hacer valer su voz uniforme en contra de este proyecto y en solidaridad con México.

La otra gran amenaza y de carácter global es el medio ambiente. Trump ya anunciado que hará caer todas las restricciones al uso del carbón y de las perforaciones petrolíferas en su territorio, como por ejemplo, el denunciado fracking. En un planeta amenazado muy seriamente por el calentamiento global producto entre otras cosas del uso de las fuentes energéticas mencionadas anteriormente, los anuncios del presidente son casi una promesa de genocidio porque amenaza la supervivencia del hombre pero aún más, de todas las especies del planeta, con el agravante de que estaría boicoteando los acuerdos y convenios internacionales que su propio país ha firmado en materia de protección ambiental. Todos los avances que se han realizado en fuentes renovables y toda la investigación científica que apunta a la producción de energías más limpias sufrirían un golpe letal y, por lo tanto, se desvanecería la expectativa de revertir el daño medio ambiental ya producido; sería un paso atrás gigantesco para toda la humanidad. En consecuencia la esperanza es poca. Sólo cabe esperar que la propia democracia norteamericana y los balances externos puedan poner límites al descalabro que se nos promete.

 

(Editorial PH jueves 19 de enero 2017)