El banquete de los intolerantes

Lo que menos tienen los intolerantes es sentido del humor. Y en una sociedad tan intolerante y malhumorada como la nuestra, cada día hay una nueva razón para convencernos de ello. La polémica que suscitó la colocación de una gigantografía con la relectura (artística y fotográfica) de “La última cena” de Da Vinci (en la fachada de la Catedral) no es propia de una comunidad tolerante y dispuesta a ampliar su mirada ante las nuevas puertas que abre la cultura.

Esa reacción adversa ante la obra es propia de quienes no admiten ampliar los horizontes de su sensibilidad e inteligencia. ¿Cómo puede ser que algunos maragatos hayan tomado esa versión fotográfica de “La última cena” como una ofensa al catolicismo y sus símbolos? Con humor pero sin perder el respeto, en esa imagen icónica que luce la fachada de la Catedral, el fotógrafo argentino Marcos López no hace otra cosa que releer esa escena de la obra maestra de Leonardo Da Vinci a partir de la realidad social del vecino país de 2001. Es arte y que yo sepa no es pecado. Al contrario.
Esa fotografía que funciona como distintivo del Festival “San José Foto” (que va hasta el domingo) no debería provocar irritación sino más bien reflexión. No resiste disgusto alguno. El enojo es el atajo de la ignorancia de quienes no están dispuestos a amplificar su radar de percepción. Es mejor cerrar los ojos que abrirlos y caminar hacia las nuevas puertas culturales que abren los artistas. Sin embargo, “religiosamente” hay quienes siguen oponiéndose al los cambios sean artísticos o de otra índole y no demoran en calificarlos de “falta de respeto” o “irreverencia”.
Esa misma gente que se ofendió con esa gigantografía supongo que encararía al Papa Francisco en el Vaticano para patotearlo porque aceptó salir en la portada de la revista “Rolling Stone” al estilo de una “estrella de rock”. ¡Sacrilegio!
Ese pensamiento condenatorio -independientemente de las edades o las creencias religiosas- es propio de gente conservadora que ve desestabilizarse sus emociones y convicciones ante el mínimo giro de la escenografía cotidiana. Y, justamente, el arte es un constante provocador de estos giros en la percepción humana. Es un modo de ver las cosas con otros ojos o verlas desde ángulos diferentes.
Una obra como “La última cena” es icónica y como tal es parte de lo popular y está sujeta a otras interpretaciones y miradas. Lo de López fue crear a partir de una creación. ¡¿Que blasfemia, no?!
Imagino que hasta el propio Da Vinci vería con beneplácito este giro que -desde la fotografía- le dieron a su pintura de 1497 que muestra a Jesús y sus apóstoles cenando. Y hasta el flaco de barba con cara de macanudo que preside el banquete -pintado por el célebre florentino- le daría su bendición a López y hasta le serviría un vino (o la sangre de su papá).
Por otra parte, no es ninguna novedad esa relectura del mural apelando a otros elementos culturales de este tiempo. Si lo tildan de recurso poco original tal vez tengan más razón que al calificarlo de “irrespetuoso”. Quienes recrearon en los últimos 20 o 30 años esta imagen para campañas publicitarias (televisivas o gráficas), obras teatrales, dibujos animados, documentales u otras cuestiones artísticas en el planeta, no se encontraron con una resistencia como la que algunos expresaron en San José.
Quienes tomaron a ese banner como un motivo de malestar y no de goce artístico, ignoran que el arte es herramienta del intelecto y la convivencia.
Ironías del destino que muchos fieles de una institución como la Iglesia Católica que pretende pregonar la tolerancia se comporten como los peores intransigentes. Eso sí que no debería tener perdón de Dios.
Esta pseudo polémica (callejera primero y “facebookera” después) tiene un mensaje: no hay arte sin conflicto, no hay conflicto sin audacia, no hay audacia sin inteligencia, no hay inteligencia sin tolerancia…