Primera Hora

Entender por qué

La imagen es muy cotidiana: dos jóvenes, chico y chica, de no más de dieciséis años, pasan a mi lado en una moto. Van sin casco y a una velocidad increíble. Además, en rojo, en los semáforos de Herrera y Artigas. Ella lleva una camiseta de Nacional. Él, una remera azul. Se dirigen hacia el oeste en zig-zag. La velocidad se incrementa a medida que avanzan por Herrera y les permite rebasar dos o tres autos. Otro viene desde el frente y lo esquivan por poca distancia. Yo sigo adelante y los observo. No parecen preocupados por lo que van haciendo. Es más: no parecen tener conciencia del peligro.

No suelo poneme en plan de adulto maduro que se horroriza de lo que hacen los jóvenes, y esta contratapa no será la excepción. Busco simplemente entender qué cosas han sucedido para que me asalte esta visión crítica. Y para entender nada mejor que hacer preguntas.

¿Entienden estos chicos el riesgo que toman? A esa edad uno ha vivido bastante poco, a pesar de que perfectamente puedan haber tenido una vida difícil, muy dotada de circunstancias diversas. Entonces no se tiene un cabal entendimiento de lo que significa la vida. Se ha visto morir poca gente y se puede llegar a tener la sensación de que el mundo no tiene sentido sin nuestra presencia. De alguna manera extraña, ser joven es también ser inconsciente. Si pienso en mí mismo hace no tanto tiempo, termino por reconocerme en esta constatación.

Vayamos a una segunda pregunta. ¿Conocerán los padres de estos chicos motorizados las condiciones en las que andan? A esa edad los padres tienen la ilusión de que conocen a sus hijos. Les parece que porque han vivido una vida genuinamente familiar, con los altibajos propios de cada familia, tal vez con alguna separación, pero, en fin, con ciertos apegos y muchas cosas buenas y malas, como en todo, decía, les parece que saben lo que ellos quieren, y conocen lo que ellos son. Cuando miro a mis hijos me pregunto qué se me puede estar escapando. Y yo mismo me contesto: nada. Es obvio que responden a mí y a mis expectativas. ¿Acaso no soy su padre? Y sin embargo los chicos crecen de tal manera y con tal velocidad, y a la vez de formas tan impredecibles, que la idea de que los conocemos no es más que una defensa ante lo inevitable, que es que tarde o temprano deberemos dejarlos ir. Muchas veces, conversando con padres de mis alumnos, gente más o menos de mi edad, llego a concebir la idea de que realmente no tienen idea de quiénes son sus hijos… Otra de las tantas ilusiones que adornan nuestra existencia.

Tercera pregunta: ¿les importa el riesgo que corren?

Claro que no. Y no hay nada que reprocharles en ello. ¿O acaso nosotros medimos el riesgo de nuestros comportamientos nocivos? ¿O acaso no comemos horrible, tomamos demasiado, fumamos, nos drogamos, nos alienamos? A nosotros no nos importa -hasta que vemos las consecuencias-, ¿por qué habría de importarles a ellos? A esa edad la vida parece no tener fin y el mundo es para ellos un lugar del cual ellos mismos son el centro. Y cuando digo ellos digo también nosotros a esa edad. ¿Cuánto nos costó entender que el mundo era más amplio que el alcance de nuestra existencia, que había existido antes que nosotros y continuaría existiendo después? No es algo fácil de resolver a los dieciséis años.

En todas estas cosas iba pensando mientras observaba cómo se alejaba la moto por Herrera hacia la ruta tres.

Espero que los gurises, chico y chica, hayan llegado a destino con buena salud. Que no hayan tenido contratiempos y que no hayan causado, por la velocidad, ningún contratiempo a otros. Ojalá hayan ido urgidos por el amor, por la pulsión de vida, y no por la pulsión de muerte. Ojalá la vida, que es muy extraña en ocasiones, les dé la oportunidad de entender.

Aunque pensar que uno entiende ciertas cosas tal vez sea una nueva ilusión.

 

(Contratapa publicada en el diario Primera Hora el sábado 11/2/17)