Gabo y las mujeres

“Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se lo debo en realidad a las mujeres de la familia…”
Gabriel García Márquez

 

Desde mi lugar de empedernida lectora de Gabriel García Márquez, repaso en mi memoria varios de sus cuentos, algunos que no he vuelto nunca más a leer y constato lo que no es ningún descubrimiento para los amantes del autor de Cien años de soledad, que hubiera cumplido 90 años el 6 de marzo pasado: las mujeres fueron moldeando su vida desde su nacimiento.
Muchas de ellas están reflejadas en la mayoría de sus cuentos y novelas, también en su libro autobiográfico “Vivir para contarla”. Allí evoca, con ese decir tan cercano a nuestras emociones, las mujeres que marcaron su vida de diferentes maneras.

Pensé en releer alguno de sus cuentos y confieso que rescaté de la memoria la imagen de una mujer y su hija, vestidas de luto atravesando la plaza a la hora de la siesta. Qué cuento ejemplar desde todo punto de vista, desde su construcción narrativa hasta la pintura de los personajes, especialmente de las mujeres, resaltando el luto por el ser querido y el valor de asumir una cruda realidad, envuelta en el sofocante día de calor de un pueblo de fantasmas, bien macondiano.

“Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta”.

Me importa resaltar la fuerza de esta mujer, que se yergue ante las peores dificultades, escrutada por el cura del lugar y transgrediendo la obligada siesta pueblerina. Observada detrás de los cristales de la curia, desafiando a la sociedad que había condenado el comportamiento de un familiar querido, la mujer mantiene la cordura y los valores que no supo tener su hijo en el momento de actuar. Valores sostenidos en medio de la mayor pobreza, como revela la descripción del comienzo del cuento.

“Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza”

Después de pintarnos a los personajes, después de buscar en el lector la complicidad necesaria para entender el cuento, describiendo cada detalle, haciéndonos escuchar el silencio y resaltando la soledad, recién después, el narrador nos retrotrae a los hechos principales: “Todo había empezado el lunes de la semana anterior…” En ese “flashback” nos enteramos de otras circunstancias y aparece otra mujer, esta vez nombrada a propósito, Rebeca, mientras nos hace una guiñada picarona para introducirnos en el mundo de Macondo y sus personajes.
No puedo dejar de pensar en Úrsula Iguarán, en la Mamá Grande, en la viuda de Montiel, en Remedios la Bella, en la mujer que llegaba a las seis, en todas las mujeres que en la realidad y en la ficción, influyeron en la vida y la obra del escritor.

Las mujeres de Gabo.
Referencias: “La siesta del martes” (Los funerales de la Mamá Grande, 1962)