¿Hay que matarlos?

El tema es excluyente y pone en jaque la sensibilidad social del Uruguay. Violación y asesinato de niños, un episodio atrás del otro. Todo esto, parece ser la última frontera antes de que como colectivo ingresemos en decadencia social. El actual estado de cosas nos ha situado -a todos- en la indignación y en la reacción. Sí. Ser reactivos está bien como primer defensa, para evitar la naturalización de la monstruosidad. Las marchas, las proclamas, son todos instrumentos legítimos de presión y reclamo ante los que tienen responsabilidad de decidir en la materia. Sirve. Pero sirve, hasta ahí.

La desgracia está instalada y en estos momentos existe alarma pública. El sistema político ya advirtió la situación y hay responsabilidad cívica de actuar. De la reacción hay que pasar a la acción. Dicen que no se debe cobrar al grito y hay también quienes justifican o intentan explicar el trasfondo social atrás del violador, etc. Y acá viene el problema de la política y de ir por el camino del medio –como nos gusta a los uruguayos-. He escuchado argumentos en favor y en contra de la castración química y argumentos en favor y en contra de la cadena perpetua. Y tras estas dos consideraciones, surge casi que naturalmente el tema de la pena de muerte.

Y ahí –en general- hacemos una pausa y decimos, bueno, es muy difícil que eso se aplique en el Uruguay, requiere definitivamente una reforma constitucional, el país ingresaría automáticamente en responsabilidad internacional (contestación de algunos amigos colegas) y siempre está el peligro de que exista error en la identificación del autor del delito. Además, después de esta primera ronda de consideraciones vienen las consideraciones estadísticas de que en los países que aplican la pena de muerte los índices de criminalidad no disminuyen y a veces incluso suben. Muy bien. Comparto que el planteo es complejo y nos rechina que el Estado pueda ejecutar una persona.

Creo que no está en nuestra idiosincrasia ni estamos preparados como sociedad para institucionalizar la pena de muerte. Ahora, si conversamos con un amigo o un vecino quien de repente subraya lo política y filosóficamente inaceptable que es la pena de muerte y usted lo invita -por un instante- a que ponga a sus hijos menores en el mismo lugar que las criaturas violadas y asesinadas estos últimos días, ahí en ese momento, créame que en la imaginación del interlocutor quizás se instalen escenarios indecibles, que por supuesto incluyen la tortura del homicida y la ejecución por mano propia. Paño frío. Hoy seguramente se realicen marchas y movilizaciones –previstas- por el trauma social que nos ha causado todo esto, es que algo hay que hacer, y esa es la expresión y el reclamo inmediato de la gente, sin color partidario.

Los decisores inmediatos y principales son el Sr. Presidente de la República y a su lado el sistema político representado en el Parlamento Nacional. Los protagonistas directos, somos todos, como pueblo uruguayo en general, pero sobre todo como familias y padres en particular. Pero sea como sea, lo único claro es que hay que actuar. Quizás algunos entiendan que la cadena perpetua es la solución. No lo tengo claro. Si se nos empiezan acumular sociópatas temo -que esto- se termine convirtiendo en un problema aún mayor en un sistema carcelario inadecuado y sindicado por observadores internacionales como uno de los peores del mundo.

Nuestro presidente ha señalado que entiende que la castración química no es solución, y supongo que las fundamentaciones científicas que esgrime tienen asidero suficiente. Otra línea de acción es generar alguna regulación –seguramente de fuente legal- que permita la existencia de un registro de este tipo de sociópatas homicidas violadores de niños, (agrego yo, habría que ver si es técnicamente posible sustituir la tobillera por algún tipo de chip –como el de los perros-insertado en el organismo, con tecnología suficiente para poder tener un rastreo que permita una geo localización inmediata del delincuente, con la correspondiente monitorización de centros educativos y lugares donde hay niños) y creo que más tímidamente, se insinúa lo de la pena de muerte, que parece no ser representativo de la mayoría de la población.

Yo estoy convencido y es mi postura ante la vida, que el ser humano es esencialmente bueno. Estoy convencido que lo mejor de nosotros sale cuando nuestros pensamientos y acciones nacen de la buena fe. Sin embargo, una persona que viola y asesina una personita, por más que este enfermo o haya sido víctima en su pasado, no tiene disculpa y me hace dudar sobre si merece seguir viviendo.

(Esta columna fue publicada el viernes 1 de diciembre 2017 en la edición papel)