La memoria de Borges

“¿Qué había, mientras tanto, del otro lado de la verja con lanzas? ¿Qué destinos vernáculos y violentos fueron cumpliéndose a unos pasos de mí, en el turbio almacén o en el azaroso baldío? ¿Cómo fue aquel Palermo o cómo hubiera sido hermoso que fuera?

Así resalta Jorge Luis Borges en el Prólogo de su obra Evaristo Carriego, ese nombre que creció desde la pluma del emblemático escritor argentino, como prueba de su “desconocimiento” del mundo pobre y arrabalero del barrio de Palermo, que seguramente él no conoció.

La pregunta retórica que se hace Borges, señalada al comienzo, vuelve a repetirse más adelante en el tiempo, allá por los años 70 en “El informe de Brodie”, como prólogo también a algunos cuentos singulares que develan, tal vez por la imaginación más que por la experiencia, un mundo de compadritos y arrabaleros que estaban más allá de la verja con lanzas de su residencia paterna.

Hace treinta años moría Jorge Luis Borges, dejando para siempre una leyenda de escritor insigne, pasando por odios infundados por frases lapidarias y amores incondicionales de su filosofía de vida, de su genio literario, de su talento.

¿Qué podemos saber de sus amores más que una reiterada idea de su infelicidad? “Ya no seré feliz…” nos dice en su magnífico poema 1964; o aquél “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz”. Reitero ¿Qué podemos saber a ciencia cierta de la felicidad o no de este hombre que imaginamos sumergido entre un montón de libros en todos los idiomas, consagrado a la lectura y relectura de los más famosos escritores, detrás de una verja con lanzas allí donde terminaba el Palermo de los ricos y comenzaban las orillas, los almacenes de barrio, los cantores de la vida simple y pobre de los almacenes esquinados y faroles sinvergüenzas?

¿Borges se inventó un mundo de compadritos? Seguramente existieron en la leyenda de aquellos cuchilleros como Juan Muraña, “que era una sombra oscura”: el cuchillero de Palermo, tan temido.

Unos meses antes de morir Borges se casó con María Kodama, quien es hoy la “dueña” de su legado artístico y que preside la fundación que lleva el nombre del escritor argentino. Y viene a San José a la Feria del Libro. Ese es el motivo de este artículo de hoy aun sabiendo que Kodama no nos revelará las dudas que tenemos sobre Borges, pero tal vez nos traiga esa inefable presencia de alguien que hubiéramos querido conocer personalmente.

Hace unos meses tuve el placer de ver la puesta en escena de una obra guionada por el escritor Jorge Burel, dirigida por Álvaro Ahunchain y protagonizada por el actor Roberto Jones: “La memoria de Borges”. La obra bajó de cartel después de la ira (razonable por cierto) de escuchar, en medio del silencio, un maldito celular en el teatro, que dio que hablar en la prensa y en las redes sociales.

A esa instancia se debe el título de hoy, además de confesar que es uno de mis autores de cabecera, aun parapetado detrás de una verja con lanzas.