La mera opinión

El mundo parece estar pensado para que uno opine sobre él. El ser humano tiene como ventaja superior ante otros animales el hecho de que puede pensar y razonar. Esto significa que puede abstraer el conocimiento de sus experiencias y formularlo de tal forma que otro humano pueda aprovecharse de ello sin necesidad de transitar por esa experiencia. Esta habilidad nos la hemos generado nosotros mismos a través de la escritura y es el diferencial con el que hemos cambiado, para bien o para mal, la faz del planeta. Desafortunadamente, como toda cosa humana, está condenada a perecer en el tiempo, cuando finalmente lleguen los avatares apocalípticos en los que nuestro planeta se desvanecerá sin remedio (recuerdo la frase de un conocido de la cultura: “ya partió hacia la Tierra el asteroide que la dividirá en mil pedazos”). ¿Quién sabe cuántas civilizaciones se han perdido ya a lo largo del infinito espacio del universo?

La realidad concreta, esta que nos acontece en este planeta que llamamos la Tierra, es básicamente un relato. Como tal, está construido por imágenes y palabras. Y, si uno lo piensa mejor, por más palabras que imágenes.

Estas palabras se articulan de acuerdo a los intereses del sujeto emisor, de manera que emiten una opinión, un juicio o una intervención sobre la realidad que depende de la subjetividad de cada uno. Todos tenemos derecho a manifestar esa opinión. Muchas veces hemos tropezado con argumentos tales como los siguientes: ¿cómo es posible que aceptemos la opinión de un sacerdote acerca de las relaciones entre los esposos, si los sacerdotes no tienen esposa?; ¿con qué derecho alguien que nunca jugó al fútbol opina sobre fútbol?; ¿por qué alguien que nunca vivió en el campo opina sobre el campo? Esto es desconocer el propio fenómeno humano. Ser humano implica una serie de cualidades y habilidades distintas y nuevas entre las que, como se dijo antes, figura la de abstraer el conocimiento. Por lo tanto, cualquiera de nosotros podría, llegado el caso, opinar acerca de cualquier cosa con mayor o menor justicia, mayor o menor certeza, de acuerdo a su capacidad de pensamiento e información. Siguiendo el espíritu de la democracia ateniense, que promovía la idea de que todos los ciudadanos debían interesarse en todos los problemas de la comunidad, todos nosotros deberíamos emitir opinión acerca de los aspectos relevantes del acontecer cotidiano. No como una obligación, pero sí como algo aconsejable y deseable.

En las escuelas los niños deberían aprender a redactar su pensamiento sobre tal o cual elemento cotidiano con el que estén en acuerdo o en desacuerdo, que les produzca tristeza o alegría. En el liceo debería perfeccionarse esta habilidad crítica, de manera que cuando los estudiantes egresaran de la secundaria, fueran personas con reales posibilidades de incidir en la realidad. Porque si no, ocurre lo que ocurre en estos tiempos: una serie de personas exaltadas, que no opinan nunca, acumulan “opiniones” (por llamarlas de alguna manera) y, a las cansadas, las lanzan de buenas a primeras con total irresponsabilidad a los medios. El resultado no es otro que la tiranía del mensaje equívoco y el canal saturado de información.

La opinión de cada uno vale. No importa si hay experiencia previa o no. Lo que importa es que haya verdadera calidad de pensamiento.

pedrocpena@hotmail.com

 

(Columna publicada el sábado 3 de febrero)