La “Era Tabárez”: Una revolución que fue de la cabeza a los pies

Diego Maga
Diego Maga

Hace 13 años que conocí en persona a Oscar Washington Tabárez. Ocurrió una tarde de julio de 2005 y –por aquel entonces- escribía para la sección deportiva de “Primera Hora”. Fue en el Club San José en ocasión de una visita suya para promover los Centros de Capacitación en Fútbol (en aquel entonces, un plan piloto que contemplaba a niños de 10 a 13 años).

Recuerdo que ese encuentro fue edificante porque al fin descubría al hombre (tan educador como DT) con la honestidad intelectual, la fuerza de voluntad y el conocimiento profundo como para hacernos ver que el fútbol no era esa guerra voraz del “todos contra todos” sino una “escuela de vida” que nos esperaba de puertas abiertas.

Eran tiempos en que Tabárez estaba alejado de la dirección de quipos (si bien le llovían ofertas) y concentraba sus energías en el desarrollo de este programa que cuestionaba la “cultura futbolística” del país. La coyuntura de aquel momento (contaminada de intereses económicos y disputas políticas que depredaban al juego) exigía limpiar los escombros y construir otra realidad. Esta reconstrucción de una identidad futbolística desde los cimientos lo tuvo a él como principal arquitecto.

Ejerciendo ese rol fue que llegó aquí para promover y fundamentar estas clínicas de “alto rendimiento” que procuraban reformular el estado de situación en cuanto a la formación de jugadores bajo la tutela de la Organización Nacional de Fútbol Infantil. Este gran desafío pensado para los chicos revelaba lo mucho que quedaba por hacer. Entre lo “mucho” estaba el aprender a jugar y el jugar para aprender.

Tabárez nos explicó -por aquel entonces- que la mayor apuesta consistía en que sus egresados –aún los que no consiguieran convertirse en profesionales y se transformasen únicamente en aficionados- “supieran manejar los conceptos de tolerancia: darle el justo término a la victoria. Y ello se vincula con un problema muy actual del fútbol –de aquí y el mundo- como lo es la violencia.”

El Maestro advertía también que el fútbol no podía neutralizar al estudio: “ya ocurrió que algunos padres cambiaron el horario de estudio de sus hijos para traerlo al CE.CA.F o intentaron traerlo en una hora que no correspondía, y en ambos casos se decidió desafectar a los niños para no dejar ningún precedente: ¡el estudio no puede quedar por debajo de la participación en el Centro!… ¡Lo otro es más importante!”

Con su innegable vocación para la docencia examinó además algunas nociones futbolísticas básicas cuyo significado se habían bastardeado de tal manera que incitaban al error: “muchas veces confundimos –porque los dos términos se usan casi como sinónimos- técnica y habilidad y son dos cosas diferentes: la técnica tiene que ver con la capacidad para dominar la pelota mientras que la habilidad –más allá que se necesita técnica- es la facilidad para resolver una situación de juego de la manera más apropiada. Ser ‘habilidoso’ es saber tomar decisiones.”

Sin túnica ni moña quienes compartimos con él aquella tarde nos sentimos –con naturalidad y propiedad- alumnos del Maestro y más aún cuando nos puso delante del espejo para que viéramos los nocivos y frecuentes desajustes entre razón y corazón: “nuestra cultura es muy emocional, de mucha pasión, pero no sé cuánto sabemos realmente sobre conceptos de fútbol. Y eso lo necesitamos cambiar desde los niños: seguramente esa mejor irradiación conceptual llegará luego a entrenadores y padres.”

Todo aquello estaba estudiado a fondo por Tabárez y respondía a un criterio revisionista (y reformista) sobre los programas del ámbito privado que rara vez contemplan a la niñez en su núcleo de acción: “ninguno de los clubes privados de acá y del mundo –por lo menos de los que yo conozco- no han sido pensados para los niños: son instituciones de adultos en los que se hace un espacio para cubrir una necesidad social como lo es atender a los menores mientras sus padres están haciendo deporte... ¡Pero nunca se le da esa prioridad al niño como realidad única!”

Tales coordenadas éticas y estéticas hicieron escala luego en el proceso de las selecciones uruguayas (el más extenso, serio y eficiente desde que rueda la pelota por estas tierras). Por eso es que me reconforta y mucho ver sus logros (entre tanto charlatán que dice mucho y no hace nada). Especialmente porque la denominada “Era Tabárez” es la prueba irrefutable de que el fútbol no está hecho de milagros sino de acontecimientos lógicos que son producto de decisiones humanas.

La “Copa del Mundo” de Rusia ya está entre nosotros y probablemente lleguemos lejos (cabe esperar eso cuando se trabajó tan bien, durante tanto tiempo, con grandes futbolistas y un gran líder) pero en caso de que los imponderables del balompié determinen lo contrario, nada habrá sido en vano. Los hinchas y jugadores “celestes” fuimos mejorados. La experiencia nos hizo empezar a “jugar el partido” contra lo más bestial de los “fanatismos ciegos”. Un “partido” que -después de perderlo por goleada- hoy estamos ganando. Hace una década que a Uruguay lo siguen familias enteras (con niños, jóvenes y adultos de todo el país) que llenan el Estadio en perfecta armonía, irradiando respeto, entregadas al disfrute más que a la frustración o indignación; construyendo un clima que contrasta con la crispación y barbarie que suele campear en las hinchadas que rodean a los clubes.