La violencia nuestra de cada día (II)

En noviembre del año pasado titulé una columna de la misma manera; hoy me parece oportuno volver sobre algunas aristas del problema.
Hace algunos días un niño me dijo: “¿Sabes que hay países que van a cerrar las cárceles? El problema de todo es la educación. Porque si la gente no puede ir desde chica a la escuela no sabe lo que está bien y lo que está mal. Además, no tiene ningún saber para después trabajar. Como no trabaja, roba para comer. Roba una vez, roba otra y al final termina en la cárcel”.
Le expliqué que vivimos en una sociedad bastante más compleja porque las variables sociales son muchísimas. Sin embargo, también me pareció justo decirle que compartía totalmente el fondo de su pensamiento. Y ya sin exteriorizarlo, quedé repasando la distancia entre esta forma de analizar la sociedad con otras varias que imperan en los discursos dominantes de nuestro país.

Vivimos en sociedades violentas en todo el mundo, tal vez no más que otras sociedades de otras épocas que convivían con verdaderas barbaries. Pero en el presente tenemos prácticas que se oponen a lo que políticamente puede ser adecuado para una convivencia de razón y paz.
Desde diferentes lugares pedimos calma y sensatez cuando se habla en público, pero nos irritamos ante el primer comentario diferente a lo que pensamos. Pedimos que los niños y niñas no se peleen en las escuelas, pero reaccionamos de forma violenta ante la primera persona adulta que pone un límite. Pedimos juego limpio en las canchas, pero creamos el ambiente previo al partido como si el rival fuera nuestro más acérrimo enemigo. Nos indignamos ante la muerte de una mujer en manos de su compañero, pero miramos a un costado si vemos como él la maltrata el día anterior.

La polarización en las redes sociales es cada vez mayor: es blanco o negro. Discutimos en base a titulares y la inmediatez de la respuesta prima antes que la reflexión. Leemos lo que sabemos de quién viene (autor o editor) y lo que no sabemos; la hegemonía de las redes y los intereses económicos detrás de las redes se encargan de ponernos adelante aquello que interesa que leamos. Esto no ayuda en nada.
Detrás de un comentario de Facebook o Twitter somos más radicales, vehementes y valientes para afirmar con seguridad cuestiones que, tal vez, no las decimos a la cara. Múltiples factores, pero de esta manera estamos perdiendo, al menos, la tolerancia con el que piensa diferente. Hecho que dificulta a las claras la integración y la cohesión social.

En los últimos meses, San José ha sufrido verdaderos actos violentos que acabaron con la vida de algunas personas, mujeres en particular. Varias medidas policiales se extremaron. Cuando sucede la muerte de la señora Susana Icardi de Juncal en manos de su marido, la primera reacción del presidente de la Asociación Rural– aún sin haberse esclarecido los acontecimientos- fue pedir la custodia y vigilancia del ejército en los campos (Primera Hora 4/08/2017). Me corrió un sudor por la espalda porque asignar tareas civiles al ejército puede traernos muchos problemas. Midamos por favor el impacto de nuestras palabras, y principalmente, de quienes desde organizaciones o lugares de opinión pública generamos opinión.

No se confunda lo que digo con “las medias tintas”. No soy amiga de quienes siempre quieren quedar bien y no se juegan por lo que creen. El tema es cómo discutimos, de qué manera y cómo actuamos desde nuestros lugares para dar ejemplo. Eso tan simple que nos dábamos cuenta cuando éramos muy jóvenes: nuestros mayores nos pedían algo, pero actuaban en consecuencia. Me enseñaron hace mucho eso de “no borrar con el codo lo que escribimos con la mano”.
Tenemos problemas de seguridad pública, sin duda. Se están tomando medidas como nunca antes, también es cierto. ¿Mano dura? Si somos el país de América Latina con más personas privadas de libertad en relación con sus habitantes, está claro que la mano está siendo dura. Muchas personas creemos que debemos tomar otra diversidad de caminos complementarios.

¿La educación como decía el niño? Sin duda, en su concepción más amplia y en todas aquellas acciones sociales que contribuyan a lograr una mejor cohesión. Pero también, en todas esas acciones cotidianas que tenemos el compromiso como ciudadanos y ciudadanas de realizar. La cultura de “hacé la tuya” fue la de los años noventa. Si Fido Dido pasó de moda hace rato, su filosofía no termina de morir. Inventemos otros personajes más solidarios.

 

(Columna publicada en Primera Hra el 20/9/17)