Primera Hora

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

¿Recuerdan el Bar Mahoma?

Allí permanece, en la esquina de Artigas y 18, cerrado, como triste emblema de una ciudad que ya fue.

Un sábado de noche, cuando tenía diecisiete años, estaba tomando una cerveza en el bar Mahoma con un amigo de iniciales M y M. De pronto nos quedamos sin plata y no se nos ocurrió mejor idea que pedir fiado. En aquellos tiempos –principios de los 90- la edad no era impedimento. Además, el mozo era conocido mío. Todos los días pasaba frente a casa rumbo al centro, y siempre saludaba de forma atenta. Después de que solicitamos el crédito, conversó unas palabras con el dueño y alzó el pulgar. Nos sirvió la cerveza sin problema alguno.

Tomamos la cerveza, saludamos y nos fuimos. Imagino que un poco tambaleantes. En aquellas épocas el alcohol funcionaba como el elemento aglutinador de nuestra barra, y no resultaba extraño que alguno de nosotros terminara amaneciendo bajo un árbol en alguna plaza que le quedara de camino.

Nunca pagamos aquella cerveza. Cada vez que, estando en la vereda, veía que a lo lejos se recortaba entre las sombras la imagen del mozo, me metía para adentro. Me había dado vergüenza encararlo para pagarle en los primeros días, y luego para decirle que no le podía pagar. Hasta que al final, supongo, ambos habremos asumido cosas: él, que yo no tenía palabra, y yo, que el tipo me despreciaba por ingrato.

Muchos años después, fui profesor de una de sus hijas… Siempre me he preguntado qué le habrá dicho su padre acerca de aquel episodio…

Cuento esta anécdota tan sosa y tonta para ilustrar que en el mundo siempre hemos tenido que manejarnos entre dos ámbitos: el ámbito de lo que hacemos público y el ámbito de lo que mantenemos en privado. Nadie podría tolerar el hecho de que fuéramos por la vida en actitud de revelar lo privado. ¿Cuántas fallas morales de otros conocemos? ¿Cuántas anécdotas sórdidas y horribles, capaces de ensuciar cualquier reputación? Nadie debería salir a ventilarlas en la radio o la televisión, o a perpetuarlas en negro sobre blanco en algún diario oportunista, porque pertenecen a un ámbito bien marcado: el privado.

En el otro ámbito, el público las cosas funcionan con distinta lógica, sin que esto implique que estemos disociados. Es simplemente que, aun conociendo elementos que mancillan la vida privada de las personas, tenemos la habilidad de dejarlos de lado a la hora del relacionamiento público, y de esa manera, personas muy distintas pueden sentarse a una mesa y reflexionar sobre un problema concreto para encontrar una solución. O Incluso, como ha pasado antes, compartir la misma fórmula presidencial.

En una ciudad como San José, donde nos caracteriza cierto perfil pueblerino, todos sabemos cosas oscuras de todos, y debemos manejarlas con responsabilidad. ¿Hasta qué punto haremos públicas las fallas que conocemos de otros, y hasta qué punto estamos dispuestos a que sean públicas nuestras propias fallas?

La pregunta es muy pertinente en estos tiempos, ya que las redes sociales en general licúan la frontera entre lo público y lo privado. Muchas veces, al igual que se hizo en esta contratapa, la anécdota privada es expuesta primero para la abstracción posterior de un concepto. Es un riesgo, por supuesto que mínimo en este caso, pero grande en algunos otros. La elección del canal en el que vertimos nuestros contenidos públicos o privados no es menor. Y requiere un proceso de pensamiento previo, que nos evite tener que andar pidiendo enojosas disculpas, intentando paliar el producto de tantos malos entendidos.

Lo digo porque en facebook, por ejemplo, se ve cualquier cosa.

 

(Columna publicada el sábado 10/2/18)