Primera Hora

Pobreza digna

La pregunta podría ser así: ¿cómo es que se solucionan los problemas de violencia que nos aquejan en nuestra vida cotidiana?

La violencia está presente en muchas formas. Enraíza en los vínculos que sostenemos con las personas que vemos todos los días, ante las cuales usualmente ejercemos violencia de algún tipo. No es fácil determinar hasta qué punto nuestro relacionamiento, nuestro acercamiento a los demás, comporta cierta violencia, ya sea simbólica o explícita. Y por supuesto que, siguiendo a Althusser una vez más, el mero hecho de educar, es decir, el acto de adoctrinamiento que implica la labor de una generación sobre la otra que le sigue, es en sí un acto de violencia, en este caso simbólica, que busca la transmisión de valores que a la generación más nueva quizás no le sean del todo propios. Pero en eso consiste la sociedad: transmitir lo bueno, o lo que se estima bueno, para que otros perpetúen un estado de las cosas más o menos incambiado. Estos procesos, estas manifestaciones del comportamiento humano, conviven con nosotros todo el tiempo.

Pero la violencia que a nivel social preocupa más es aquella irreversible, extremadamente dura y cruel, como la que hemos visto, vemos, y volveremos a ver todos los día, en los crímenes meticulosamente documentados por los distintos medios de comunicación. Esa violencia anula al sujeto y lo convierte en un objeto: algo muerto, algo sin cabeza, algo sin miembros, algo atropellado, ametrallado, ajusticiado, por un arma, por un vehículo, por una soga, por un largo etcétera.

Algo. Una cosa. Solo un cuerpo muerto por alguna de las diversas razones capaces de producir violencia.

Hay violencia en la casa del pobre que no come y que para comer tiene que robar. ¿Quién va a convencerlo de que robar está mal cuando no tiene que darle de comer a sus hijos? Alguien podrá decir que hoy por hoy en Uruguay esto no ocurre, que es algo del pasado, que no hay tanta pobreza como en años anteriores, incluso años anteriores a los anteriores. Yo respondería a estas objeciones invitando a quien les hiciera a caminar por algunos barrios, a transitar por algunas zonas rurales. Donde impera el latifundio no queda casi nadie, y los que quedan malviven de oficios que ya nadie considera.

Una vez hubo un mito: la dignidad de la pobreza. Gran caballito de batalla de los ricos para que los pobres acepten lo que son y no se les pase por la cabeza la ardorosa pretensión de dejar de serlo. Porque el más de uno redunda en el menos del otro. Así de sencillo. Hoy ya no es tan fácil ser pobre dignamente. Los medios no participan del culto a la así llamada “Pobreza Digna”. Para ellos no existe tal cosa. Todo debería ser lujo, riqueza, promoción del consumo, y aquel que no pueda consumir no merecería el estatus de ciudadano. El objeto es el horizonte, porque es ese objeto el que le devuelve al sujeto su calidad de tal. El mensaje mediático de las grandes marcas que publicitan en los horarios centrales (aquellos en los que corre más sangre por las patallas televisivas) demarca las posibilidades de la existencia en un solo verbo: tener. Y luego de estar ninguneado, estafado en sus posibilidades vitales por un sistema que no lo reconoce, el pobre tiene que salir y valerse por sí mismo para lograr lo que el mismo sistema le impone que tiene que lograr. No es extraño que actúe con violencia. No es extraño que cada vez más ocurran robos de carteras en el centro de una ciudad como la nuestra, o que los hinchas de los cuadros de fútbol se radicalicen al extremo de concebir el amor a una camiseta como una forma de catarsis colectiva y, por supuesto, violenta.

Claro está que la violencia dista mucho de ser patrimonio exclusivo de los pobres. La clase media de nuestro país se ha vuelto intolerante. ¿Por qué? Básicamente porque ahora ha tenido acceso a elementos materiales que la hacen parecerse un poco a la clase alta. Casi todo el mundo ha podido acceder a un auto, a vacaciones en el mar, a algún viaje al exterior. Casi todos presumimos de nuestras fotos entre palmeras, montañas, nieve, aguas cristalinas, ruinas griegas, egipcias, incaicas. El que más o el que menos ha compartido alguna imagen de su asado, su comida china, su buseca, su picada con cerveza frente al plasma mirando el partido de la copa tal o cual. Y ya no se entiende fácilmente como antes que alguien quiera acceder a lo que nosotros se supone que hemos accedido.

Por no hablar de la violencia que se encierra en la exhibición constante de una supuesta felicidad que los otros deberían envidiarnos.

 

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