Una buena actriz haciendo de mala cantante

Durante mucho tiempo, la discografía de Natalia Oreiro llegó como un modesto complemento de sus éxitos televisivos y cinematográficos. Los manuales de marketing indicaban que esa enorme visibilidad mediática (conseguida entre fines de los ’90 y principios del nuevo siglo) debía ser explotada en otros términos, más que los estrictamente actorales. Y así fue…

Como otros tantos actores de gran popularidad, Natalia Oreiro “jugó” a ser cantante y la maquinaria publicitaria que la envolvió en su auge de juventud sirvió para que al escuchar sus discos o verla en vivo, el público se detuviera en lo visual y prestara poca atención a lo auditivo. Lo que se dice un “truco” que con mucha asesoría visual y “maquillaje sonoro” suele rendir.
Con unos cuantos compositores de “hits de verano” escribiendo para ella, lanzó –entre 1998 y 2002- tres discos (“Natalia Oreira”, “Tu Veneno” y “Turmalina”) donde interpretó su papel menos creíble: “estrella pop”. Para bien de la música y del cine, en los últimos 15 años se olvidó de cantar (puede que cante bien en la ducha o en asados con amigos pero su registro vocal es muy pobre como para encarar una “carrera” musical y pretender que su vida artística se centre en ello) y se dedicó a actuar (considero que es mucho más que una “cara bonita”, es una gran actriz que tiene mucho por crecer y con el coraje de afrontar -en la pantalla grande- desafíos que la sacan de la “zona de confort”).
Cuando creíamos que -definitivamente- íbamos a disfrutar de la mejor versión de Natalia (la actriz), en estos últimos meses resucitó su “berretín” de cantora. Con el enorme éxito de taquilla de “Gilda, no me arrepiento de este amor”, tuvo la excusa para subirse al escenario una vez más, empuñar el micrófono y hacer el papel que menos le sale: “cantante”.
En ese plan de “pop star” reciclada llegó el sábado a San José. La Oreiro cerró la segunda noche de la “Fiesta Nacional del Mate”. Como “caprichitos” de “Madonna Industria Nacional” pero sin el talento musical de la diva estadounidense, la montevideana arribó en esa “burbuja” que tan mal le queda a un artista uruguaya que actúa en un festival que se precia de popular.
La chica nacida en el Cerro de Montevideo (a sólo 90 kilómetros de aquí) marcó absoluta distancia con los periodistas (por decisión de ella o muy mal asesorada por su producción), al punto que se rehusó a dar conferencia de prensa; encima no se permitió ni a radios ni a canales transmitir en vivo si quiera un par de canciones de su show (todos los músicos uruguayos que actuaron antes autorizaron a pasar la totalidad de su concierto sin la mínima objeción) y –para colmo- la prohibición se vino a comunicar pocos minutos antes que empezara a actuar (penoso). Por si fuera poco, hubo algunos fotógrafos locales que fueron retirados de muy mal modo cuando pretendían hacer su trabajo y sacar imágenes del espectáculo.

La concurrencia fue sensiblemente inferior que el “día dos” de anteriores ediciones: este año asistieron cerca de 10.000 espectadores (se vendieron 7.300 entradas). En 2016 los tickets fueron más de 13.000 y en 2015 más de 11.000.
Lo mejor de la presentación de La Oreiro fue su puntualidad y el despliegue tecnológico; es decir, todo aquello que intenta cautivar los ojos para que nos olvidemos del oído. El inicio fue sobre las 00:30 con una versión de “Corazón valiente”. El acento estuvo –de principio a fin- en impactar visualmente desde los efectos proyectados en la pantalla gigante a los numerosos juegos de luces, pasando por las coreografías realizadas por ella y sus bailarinas.
¿El canto? Bien, gracias. Arrancó cantando muy bajito, con sus coristas sonando por encima de ella y “maquillando” sus notorias debilidades de potencia y -en muchos tramos- afinación (no sólo es de temer cuando le pone nombre a un hijo).
Después de interpretar clásicos de “Gilda” como “No me arrepiento de este amor”, “Fuiste” o “Tú”, el tributo fue perdiendo vigor y sentido y llegaron otros temas más para rellenar que para otra cosa: hizo “03 03 456” de Raffaella Carrá (¿qué?) y “Todos me miran” de Gloria Trevi (¿qué, qué?).
El resto del cancionero llegó desde los tiempos en que usaba a las telenovelas como “Muñeca Brava” o “Kachorra” o a las comedias sensibleras como “Un argentino en Nueva York” como pretexto para vender discos: “Que sí, que sí”, “Cuesta arriba, cuesta abajo”, “Me muero de amor” y “Río de la Plata”.
El despliegue escénico (con mucho entusiasmo y momentos de “ida y vuelta” entre las banderas del público y sus agradecimientos) llegó a su fin sobre las 2:00 con mucho frío en el predio de la Criolla “Capitán Manuel Artigas” y la certeza de que debemos rezar para que el cine no pierda una actriz y para que la música no gane una “cantante”.


La concurrencia del sábado apenas rondó las 10.000 personas, se vendieron 7.300 entradas


(Producción periodística y redacción, Diego Maga)