URUGUAY versión 2018

pedrocpena@hotmail.com

Creo difícil de encontrar un año en con un inicio tan representativo de lo que somos.

En enero tuvimos el aluvión de novedades que vinieron del campo. Una vez más hemos retocado la famosa grieta campo-ciudad, que en algún momento fuera capital e interior, y que resurge y se explicita casi que por generación espontánea cada pocos años. Y siempre para recrudecer en sus postulados. No olvidemos que el Frente Amplio encuentra su mayor caudal de votos en el área metropolitana, mientras que los partidos tradicionales se refugian en el interior profundo. Esta división geográfica de los aspectos políticos de una sociedad no es novedosa ni original del Uruguay. Los estados sureños de los EEUU, por ejemplo, aun recelan de los del norte por una guerra fratricida de hace siglo y medio.

Desde una perspectiva histórica, el conflicto nos define. En un lugar está el poder, asociado al llamado peso del Estado, portador de toda una burocracia aparentemente necesaria para la vida política. En el otro extremo están, en apariencia, las autoproclamadas fuerzas productivas, que postulan que si ellas dejan de producir por falta de rentabilidad el país irá al abismo. En el medio queda una buena parte de la población que entiende más bien poco y se cansa fácilmente de disquisiciones que no percibe como suyas, puesto que no es ni político de profesión, ni tiene acceso al aparato productivo rural. Empleados, funcionarios, maestros, profesores, pisteros, doctores, músicos, y un larguísimo etcétera de oficios y profesiones la miran de afuera.

El ascenso y la caída del delincuente apodado “El Kiki” también nos retrata de cuerpo entero. En diciembre de 2017 este hombre asesinó a su pareja delante de su niño. La alarma social generada en aquel momento fue la que se promovió desde los lugares donde se reivindican las posturas de género. Al ser un reclamo elaborado desde un lugar tan subsidiario, la alarma social pronto menguó sin obtener resultados de ninguna clase. A los dos meses, cuando “El Kiki” mató a una cajera de supermercado, y no ya “solo” a su pareja, a la mujer “propia” y “privada” (todo esto dicho desde una perspectiva híper machista que dejo explicitada en las comillas y en estos paréntesis para que nadie se confunda), es decir, cuando mató a alguien que, como nosotros, camina por la calle, allí todos reaccionamos. En cuestión de 48 a 72 horas lo teníamos muerto de un tiro en la cabeza.

La doble moral encerrada en este episodio es característica de sociedades como la nuestra, acostumbradas al disciplinamiento y a no saber bien qué hacer con la libertad. Pagamos así la deuda histórica de no haber castigado a los responsables de desapariciones y crímenes espantosos realizados por parte del Estado. Como sociedad hemos defendido la impunidad. Hemos votado a su favor en varias ocasiones. Entonces ocurre lo lógico: la sensación de impunidad ha permeado a muchos de los comportamientos humanos. Algunos de estos comportamientos anclados en la impunidad tienen una apariencia menos grave, como el nepotismo. Pero también hay otros más graves, como la idea de que tengo pleno derecho de asesinar a quien me traiciona. Y por “traicionar” perfectamente puede entenderse, en esta lógica de sociedad machista, la voluntad de “mi” mujer de ya no querer recibirme.

Difícil torcer el timón en una situación que implica elementos morales tan presentes en lo identitario. El manido tema de los valores, que por suerte son cambiantes, evolucionan y se complejizan, deberá ponerse encima de la mesa una vez más. Y no excepcionalmente, sino todos los días.

 

(contratapa publicada el sábado 24/2)