Primera Hora

Zygmunt Bauman: pensador en su tiempo

El pasado 9 de enero falleció uno de los principales pensadores de nuestro tiempo: Zygmunt Bauman. Había nacido en Polonia allá por 1925. Desde la década de los setenta residía y daba clases en el Reino Unido. Supo encarar la problemática social desde diversas perspectivas: la globalización, el consumo, las relaciones humanas, la política. El concepto fundamental de su análisis de la realidad es el de “modernidad líquida”, un “tiempo desprovisto de permanencia” en el que la única variable constante es el cambio. En esta contratapa revisitamos algunos de los conceptos vertidos por el autor en su libro La cultura en el mundo de la modernidad líquida, editado en Buenos Aires, en el año 2013, por el Fondo de Cultura Económica.

SOBRE LA CULTURA. Bauman plantea la dificultad para distinguir la alta cultura de la que no lo es. La cultura es ante todo “un depósito de bienes concebidos para el consumo, todos ellos en competencia por la atención sumamente fugaz y distraída de los potenciales clientes, empeñándose en captar esa atención más allá del pestañeo”. Bajo el ropaje de la libertad de elegir, en un mundo donde la oferta es amplísima, se esconde un juego ininterrumpido de conexiones y desconexiones del individuo con el objeto artístico.

Para Bauman la cultura se ha vuelto apenas un mecanismo de seducción para una relación fugaz.

SOBRE LA MODA Y EL PROGRESO. Las tendencias culturales del Siglo XXI se basan en la moda. Bauman la define como un artilugio social vivo en constante expansión y fluidez: “…podríamos decir que el ‘devenir’ de la moda es una suerte de péndulo peculiar cuyo movimiento se transforma, de manera gradual pero exhaustiva, sin pérdidas y en algunos casos incluso con alguna ganancia, en energía potencial lista para convertirse en la energía cinética del movimiento contrario“.

La relación del individuo con la moda cultural está pautada por un movimiento también pendular: el deseo de pertenencia a determinado grupo en un extremo y el de no perder la preciada independencia en el otro. O, visto desde otro ángulo: “el temor a ser diferente y el temor a perder individualidad“.

La moda como motor del progreso plantea un doble imperativo: el de adquirir las señales que hoy son de avanzada y, al mismo tiempo, el de desechar las de ayer. Ese movimiento exige que el sujeto cambie su identidad -o al menos la manifestación pública de esa identidad- de forma frecuente y rápida: “…por un precio modesto, o no tan modesto, el mercado de consumo nos asistirá en la adquisición de esta habilidad en obediencia a la recomendación de la cultura“. Los bienes culturales, meros productos para la lógica de mercado de la sociedad de consumo, participarán de la misma fugacidad.

SOBRE MIGRACIÓN Y MULTICULTURALISMO. Según Bauman, la migración global pasó por una primera etapa en la que sesenta millones de personas dejaron Europa (única “región modernizante”) para dirigirse al resto del mundo. La segunda etapa fue el movimiento inverso: los colonialistas, arrastrando a sus descendientes, regresaron en buen número al país de origen. Y finalmente una tercera: “la era de las diásporas: un infinito archipiélago de asentamientos étnicos, religiosos y lingüísticos que, haciendo caso omiso de las sendas trazadas y pavimentadas por el episodio imperial/colonial, se guían por la lógica de la redistribución global de los recursos vivos y las chances de supervivencia peculiares del estadio actual de la globalización“.

Ese mundo de diásporas interviene en y es intervenido por la cultura. El criterio dominante es el “multiculturalismo”. Lejos de asignarle un carácter positivo, Bauman lo visualiza como la manifestación actual de las presiones del mercado. El crecimiento de las diásporas étnicas tiene razones económicas y efectos indeseados y tolerados por el multiculturalismo acrítico tales como el aislamiento en guetos y la consiguiente postura defensiva de las minorías que entran a un país. La “cadena cismática“, apoyada en una inexpresiva tolerancia y en un no involucramiento con los otros, se vuelve difícil de cortar.

Remata Bauman: “…la idea de ‘multiculturalismo’ le hará el juego a una globalización ‘negativa’, es decir, desenfrenada y carente de supervisión. Gracias a ella, las fuerzas globales pueden salir impunes de las consecuencias destructivas que causan sus acciones tendientes a incrementar las desigualdades entre sociedades y en el seno de cada una de ellas. La costumbre otrora común, abiertamente arrogante y desdeñosa de explicar las privaciones sociales por la inferioridad innata de la raza desaventajada fue sustituida por una interpretación ‘políticamente correcta’ de las condiciones de vida obviamente inequitativas, según la cual estas son el fruto de una multiplicidad de elecciones entre estilos de vida, derecho incontestable de toda comunidad. El nuevo culturalismo, al igual que el anterior racismo, se empeña en sofocar la conciencia moral y aceptar la desigualdad humana como un hecho que excede las capacidades de intervención humana (en el caso del racismo) o como condición con la cual no se debe interferir, por deferencia a sus venerables valores culturales“.

SOBRE LA CULTURA, EL ESTADO Y EL MERCADO. Las relaciones entre el artista y la administración gubernamental son siempre conflictivas. Uno y otro representan extremos de una sociedad que, aun en el fingimiento de una colaboración, terminan despreciándose. El administrador pretende, a través de su apoyo, un “control sobre la empresa y sobre los esfuerzos humanos“. El artista, a través de su pulsión creativa, buscará la formulación de “alternativas imaginarias al estado prevaleciente de las cosas“.

Pero hay algo más indeseable aun que el control estatal, y es el control del mercado. El imperativo del arte y de la cultura seguirá siendo rebelarse contra el cumplimiento de reglas y normas de utilidad: “Someter la actividad cultural a las normas y los criterios de los mercados de consumo equivale a exigir que las obras de arte acepten las condiciones de ingreso impuestas a cualquier producto que aspire al rango de bien de consumo; es decir, que se justifique en términos de su valor de mercado actual“.

Una aguda constatación de los tiempos que corren.